domingo, 16 de junio de 2013

RECORRIDO



 “Cigarra amiga, cantaré contigo
que la vida no es más que lo que aquí cantemos.”
 (Enrique Gracia) .........

Recorrido


Aprender de los que saben,
valorando, no admitiendo
su experiencia como dogma.

Caminar tras las quimeras
liberando la mente,
de miedo y desengaños

Navegar por los recuerdos,
atravesando, en silencio,
el espacio de la memoria

Para que el alma 
permanezca sujeta
a la esencia de la vida.


domingo, 26 de mayo de 2013

PURA MAGIA














“La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible.
 Y aprender las lecciones de ambos mundos.”
 (Paulo Coelho) .....................


Pura magia


“Tenéis que ordenar, de mayor a menor según su longitud, las siguientes medidas: trescientos sesenta hectómetros, veinticinco kilómetros…”
Oliver, ajeno a lo que la profesora Anderson escribe en la pizarra, mira por la ventana del colegio. Nunca le han gustado las matemáticas. A él lo que de verdad le gusta es leer, y, sobre todo, dibujar los personajes que habitan en los cuentos y en los libros de aventuras. Una figura que rebusca entre los contenedores de basura llama su atención. Es un hombre alto y desgarbado, con un extravagante traje y un gran sombrero de colores. De repente, el hombre mira directamente hacia la  ventana, se quita el sombrero y le saluda con una teatral inclinación del cuerpo.

El timbre señala el final de la clase y Oliver sale al patio donde ha quedado con sus amigos, Adele y Cory, para ir a jugar al parque. Al pasar junto a los contenedores busca la figura del extraño hombre, pero ya no está. No sabe qué es,  pero hay algo en él que le resulta familiar, como si le conociera de algo que no consigue recordar…
—El último que llegue a la fuente se la queda. —dice Cory, mientras sale corriendo.

El tiempo pasa deprisa cuando uno se divierte. Sin darse cuenta, entre risas y juegos, llega la hora de ir a casa para los tres amigos. Recogen las mochilas y se despiden hasta el día siguiente. Oliver no se ha vuelto a acordar del hombre hasta que le ve sentado en el porche de su casa. Por alguna razón, que no llega a comprender, no siente miedo al verle, solo ternura al percibir en su rostro una inmensa tristeza.
—Hola, Oliver. Te estaba esperando.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
—Hace  mucho tiempo que nos conocemos.
Oliver escruta su semblante, y de repente, como si estuviera sucediendo en ese momento, se ve a sí mismo, pero mucho más pequeño y en brazos de su madre, mirando absorto el dibujo de un cuento que ella le estaba leyendo.
— ¡¿El Sombrerero Loco?!
—Alto, alto, jovencito. Mi amigo Lewis nunca se refirió a mí de ese modo. Si lees la crónica original que escribió tras su viaje, lo comprobarás.  Puedo ser excéntrico, insólito, extravagante, singular… pero loco, no.
—Perdona, yo… lo siento.
—No, Oliver, perdóname a mí. Es que soy un poco susceptible con ese tema… Como te decía antes, te estaba esperando porque necesito que me ayudes.
— ¿Ayudarte yo? ¿A qué?
—A buscar mi sombrero.
—Pe…pero si lo tienes puesto.
—No, (jajajaa) este no es mío, me lo he encontrado. El mío es una chistera. Sin ella no puedo regresar a mi país.
— ¿Al País de las Maravillas?
—Bueno… al de las Maravillas, o al de Nunca Jamás, o al de Oz… Llámalo como quieras, solo son distintas percepciones de una misma realidad: el mundo de los sueños y la fantasía.
— ¿Y esa chistera es mágica?
—No, Oliver. Los objetos inanimados no son mágicos. La magia está en el Universo, en la Naturaleza… en ti.
— ¿En mí?
—Claro, vamos a comprobarlo. Junta las dos manos y coge todo el aire que puedas. Ahora, —dijo el sombrerero sacando una copa de cristal de su bolsillo—, mételo dentro de la copa y acércatela al oído. ¿Qué oyes?
— ¡El mar…!
Si... y no. Lo que se escucha solo son ondas sonoras, Oliver. Pero tú, añadiendo imaginación y recuerdos, las has convertido en olas de mar.
— ¿Y entonces… para qué necesitas la chistera?
—Porque es parte de mí, de mi esencia… Y aunque nuestros mundos comparten la misma dimensión, no podemos existir en los dos. ¿Comprendes?
—Puedes quedarte aquí.
—No, Oliver, mi hogar está allí.
—Lo entiendo… Te ayudaré. ¿Cómo la perdiste?
—Una ráfaga de aire se la llevó. La he buscado por las calles, en la basura…
— ¿Has mirado en el parque? Mis amigos y yo jugamos allí con las cometas cuando hace viento. Se forman unos remolinos muy divertidos, sobre todo, en la esquina que hay junto a la rosaleda.
—No, ahí no.
—Espera… Le aviso a mi madre de que me marcho, para que no se preocupe,  y te acompaño.

Cuando Oliver sale, el Sombrerero no está. Cabizbajo entra de nuevo en casa y sube a su habitación. No entiende por qué no ha querido que le acompañase. Sobre la  cama ve un gran sombrero de colores y una nota.


Nunca me han gustado las despedidas. Es mejor hacerlo así, calladamente, con una sonrisa. Quizás nuestros caminos se vuelvan a cruzar.  Pero hasta entonces, recuerda siempre que la magia, la verdadera magia, está en lograr hacer de lo cotidiano algo extraordinario. Y tú sabes cómo hacerlo.

Pd. Te regalo el sombrero, a mí ya no me hace falta.


lunes, 29 de abril de 2013

LA NIEBLA
























“…las alegrías y las tristezas vienen embozadas de una inmensa niebla 
de pequeños incidentes. La vida es eso, la niebla”
(Miguel de Unamuno)


La niebla


Isabel se coloca las últimas horquillas con las que sujetarse el pelo sobre la nuca. Se mira al espejo, “Cuando se es joven hay que prepararse para gustar, a mi edad… para no desagradar…”, piensa mientras su reflejo le devuelve una sonrisa de aprobación. Coge un abrigo, un bolso y sale, como cada día que el tiempo lo permite, a dar una vuelta y desayunar en alguna cafetería.
Isabel camina sosegadamente por el paseo que hay  junto al Nervión, admirando el reflejo de los edificios de una ciudad, Bilbao, que hasta hace años ha vivido de espaldas a la ría, pero que, ahora, se contempla orgullosa en sus aguas. Son las 10:30 cuando entra en un bar, se sienta en una de las mesas y pide al camarero un café con leche y el periódico. Isabel adora el aroma del café confundido con el de la tinta... Siempre le ha parecido que en ese ritual, tan personal e íntimo, incluso las peores noticias pierden parte de su amargor. Coge la taza humeante mientras pasa las páginas del diario, lentamente, disfrutando del momento, hasta que llega a las necrológicas y una de ellas llama su atención.  

JUAN DE ARZUA SANTAOLALLA
Falleció en Bilbao, a los 93 años de edad. Su familia y amigos ruegan una oración por su 
alma.

Su mirada se escapa por encima de las páginas hacia los grandes ventanales del bar. El contorno de los edificios, calles, árboles… parece diluirse, como si retrocediera en el tiempo hasta el año 1905. Año en el que, siendo ella niña, llegó a Bilbao junto a su madre, viuda, con las maletas llenas de ilusiones y los bolsillos vacíos. Isabel recuerda el bullicio de la ciudad, en plena efervescencia por la prosperidad que había traído a la capital la apertura de los Altos Hornos, y  la alegría de su madre, cargada de sueños, por el futuro que auguraba para ambas.  Pero todos sus sueños retrocedieron, uno tras otro, antes de llegar a ninguna parte. Gentes venidas de las provincias limítrofes deambulaban en busca de un trabajo y, para una mujer sin estudios y con una hija pequeña a la que atender, era casi imposible conseguirlo. Con los pocos ahorros que tenía alquilaron una habitación en el casco viejo de la villa. Fue la dueña de la pensión, doña Margarita, la que le indicó a su madre que acudiera al puerto y preguntara por un tal Juan de Arzua, capataz del muelle y encargado de contratar a las sirgueras.

Los ojos de Isabel comienzan a humedecerse al recordar la imagen, durante tanto tiempo repetida, de su madre junto a otras mujeres arrastrando, a veces contracorriente,  las gabarras por la margen derecha de la ría con una cuerda ceñida a su cuerpo. Y es que, por entonces,  los barcos de cierto calado no podían pasar de Olabeaga, un barrio del extrarradio de la ciudad, por lo que era necesario trasladar las mercancías en barcazas desde ese punto hasta los muelles donde estaban situados los almacenes. Era trabajo más apropiado para bueyes que para mujeres, pero justificado, como un mal menor y necesario,  para la prosperidad del comercio.

“Juan de Arzua… Se ruega una oración por su alma…”  Isabel recuerda el olor a tabaco que impregnaba sus ropas y el humo que envolvía su silueta, en una especie de  halo enrarecido. Siempre con un puro en la mano, encendido, incandescente, lanzando miradas desde lo alto del muelle a las mujeres jóvenes. Cuantas se llevaron la inconsciente señal de su quemadura en la piel… Incapaz  de contener las lágrimas, Isabel, Llora por todas ellas, que solo fueron una anotación borrosa, a pie de página,  del libro de la Historia.

El dolor hace que Isabel vuelva al presente. Una espesa niebla comienza a descender sobre Bilbao, como si todo el humo acumulado en sus recuerdos, concentrado en un rincón de su memoria, de repente se hubiera liberado.

La niebla densa, el humo del tabaco.

domingo, 7 de abril de 2013

ATADO AL RECUERDO














“Dibujé el itinerario
hacia mi lugar al viento.
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.”
……………………. (Alejandra Pizarnik)



Atado al recuerdo


Mario mira desde la ventana de su habitación a un grupo de niños que juegan en el parque. 
 —Hola, cariño, te traigo la merienda. Pero… ¿por qué estás tan triste?
—Hola mamá… Es que mis amigos ya no vienen a jugar conmigo...
La madre sonríe a su hijo mientras acaricia su mejilla, cubierta con barba incipiente. Mario no comprende que sus amigos hace veinte años que dejaron de jugar.


domingo, 24 de marzo de 2013

CORAZÓN DE TRAPO




















No recuerdo cuántos días llevo en esta habitación, sombría y silenciosa, de la que no me atrevo a salir. En este duermevela, que es, a la vez, desamparo y abrigo. Miro a mi alrededor. Tan solo una tenue luz, que penetra por las rendijas de la persiana, delimita los contornos y me devuelve el destello de las tijeras que hay sobre la mesa. Quiero alcanzarlas, librarme de esta condena… pero una maraña de hilos entorpece mi avance. Apenas son unos metros los que me separan de la mesa y, sin embargo, parece que, a medida que doy un paso, se aleja más y más… Me acerco al fin. Con manos temblorosas cojo las tijeras. Dudo unos segundos. La tijera hace un pequeño ruido al cortar el hilo que cae a mis pies.

Poco a poco, voy cortando, uno a uno, los hilos que me unen a la cruceta que, hasta ahora, guiaba mis movimientos. Con el último, siento que todo mi cuerpo, como si fuera de trapo, se dobla bajo su propio pequeño peso. Tengo que levantarme, buscar un centro de gravedad que me permita mantenerme erguida y vencer la nada. Un eje que actúe sobre la materia de mi cuerpo y me ayude a mantener el equilibrio.

Se acabó la búsqueda de mi identidad en ojos ajenos, en sueños imposibles de realizar porque no son míos. Me desnudo de etiquetas, desmaquillo cada gesto realizado en busca de aprobación… Quiero aceptar la vida fluyendo en su intenso latir, arrojarme, de lleno, a la incertidumbre que ansío encontrar al borde de mis pies. Y eso solo lo conseguiré desde mi libertad.

Los muñecos de madera y cartón no tienen centro de gravedad. Porque son movidos por la mente y el deseo de otros, se mueven con el pensamiento de sus dueños. Hoy he cortado los hilos que me atan a ese pensamiento. Reuniré los hilos y los convertiré en un corazón de trapo al que quiero enseñar a latir.



viernes, 1 de marzo de 2013

TENGO QUE HABLAR CON DIOS, GABRIEL…
























"Esa certeza que se vuelve duda

mata en columna de a uno cuanto encuentra…
(Manuel Martínez-Carrasco)



Tengo que hablar con Dios, Gabriel...


Ya puedes archivar este expediente, Gabriel. ¿Hemos terminado por hoy, no?
—Solo falta que recibas a Náira. Le habías citado a las 12:00 y nos está esperando.
—¿Náira? Lo había olvidado… Cómo si no tuviera bastante con las cosas de Lucifer y las súplicas y quejas de los humanos,  para, además, tener que preocuparme de tonterías, seguro que es una memez lo que le trae. En fin, que pase.

Náira, nervioso y visiblemente consternado, se sienta y, sin decir ni una sola palabra, le entrega a Dios una carta. En el sobre, el membrete del gabinete psicológico para la transmigración de almas, y dentro este texto: “Tras un exhaustivo examen del caso, y habiendo sometido al paciente a varias sesiones de análisis terapéutico, se recomienda le sea concedida la baja temporal en su actividad.  Diagnóstico: Trastorno de ansiedad y depresión”

Esto es inaudito... –dice Dios, mientras rompe el informe en mil pedazos-.  Es la primera vez en la Historia que un ángel de la guarda pide la baja. Y mira que ha habido casos complicados… ¿Acaso quieres que cunda el ejemplo? 
—No, claro que no. Pero es que… D. Juan… me supera. Es un narcisista, misógino, osado hasta la temeridad, no respeta ninguna ley humana o divina…
Tu función no es juzgar, Náira, para eso estoy yo. Tú solo debes aconsejarle, salvaguardarle, sin alterar su libre albedrío y,  por supuesto, ser… la voz de su conciencia
No se trata solo de él y ni de mí... Es que me está creando problemas con otros ángeles de la guarda que me recriminan que hago mal mi trabajo. Se quejan de que, por no saber yo encauzar el camino de D. Juan, algunos de sus protegidos descubren en él un espíritu rebelde y libre, y, atraídos por su ejemplo, comienzan a imitar sus actos.
Pero eso son cosas de jóvenes, la inmadurez que les hace protestar. Con el tiempo aprenderán que el sueño de vivir en libertad absoluta es una quimera... a la que, desde luego, no se llega por el placer como único fin de las acciones. Hay que dejar que el tiempo realice su trabajo.
—Pero, Divinidad, cualquiera pensaría al oíros, que disculpáis sus andanzas, como si solo fueran pequeñas travesuras. ¿Acaso no recordáis el día que traspasó  las puertas del convento para seducir a Doña Inés y sus consecuencias? Ese día, todos pudimos sentir vuestra furia.
—Nada queda disculpado ni olvidado. Cuando llegué el momento pagará por sus pecados. Pero, mientras tanto, deberás continuar a su lado. Si te sirve de ayuda piensa que D. Juan está encerrado en una cárcel, cuyos barrotes son sus propios deseos, y que tú, con tu capacidad y trabajo, con paciencia, serás capaz de limarlos.
No, no… ¡Quitadme las alas si queréis, pero ya no puedo más! Estoy todo el día con el corazón en puño. Duelos, persecuciones, muertes… Y esas pobres muchachas, a las que trata como un objeto, como un trofeo, y las abandona a su destino. Y por si fuera poco,  ya ni siquiera respeta la paz de los cementerios. No puedo más de verdad…


 Finalmente Dios aceptó la renuncia y le envió a descansar. Dos años le ha costado superar el trastorno que supuso velar por Don Juan Tenorio. Náira observa, desde un claro de una nube, el acontecer de su nuevo protegido, un niño aplicado y sin malicia. De repente se oye el rechinar de las puertas del Paraíso que Pedro abre a las nuevas almas. Miles de voces, descoordinadas, desconcertadas… De entre todas ellas, hay una que le resulta conocida. Náira presta más atención, intentando definirla.

“¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla, más pura la luna brilla…”

Náira tiembla al ver el alma de D. Juan atravesando las puertas. ¿Será verdad que, finalmente, todo el mundo puede arrepentirse en el último instante? Náira baja la cabeza, desconcertado, mientras observa lo que parece un destello de malicia en los ojos de Pedro...

viernes, 8 de febrero de 2013

AUXILIO




















“Me despertó un sollozo
que no sé si era mío o era el mundo
quien lloraba escondido en mi conciencia.”

…………………………………….. (Ana Montojo)


Auxilio

Un grito de auxilio trata de
abrirse paso entre los dientes,
apretados con rabia contenida.

Pero la voz se quiebra en el vacío,
en el silencio indiferente
de un mundo sordo, ciego,
e indolente, acostumbrado a contar,
sin inmutarse, por millones
el número de muertos.