sábado, 17 de enero de 2015

El monstruo de Mary Shelley

Comienza a anochecer. Las sombras lastiman y golpean las ramas de los árboles, mientras  Mary camina hacia el viejo molino. Sus aspas protestan en un lento pero insistente girar. De repente, escucha  la cadencia de unos pasos que se acercan a su espalda. Tap, tap, tap… Una criatura, grande y deforme, avanza hacia ella desde la espesura del bosque. Mary se gira lentamente, sin prisa, para enfrentarse a esos ojos que la miran con reconocimiento. Ella sostiene el peso de su mirada. Todo a su alrededor parece haberse detenido, excepto la mano del monstruo que se aproxima a su rostro.

Mary se despierta, aprieta los parpados y aguanta la respiración durante unos segundos. Un momento fugaz que desea transformar en imperecedero, como una fotografía congelada en el tiempo. Abre los ojos y tapa su boca para acallar el llanto. A su lado el corazón de Percy, su esposo, envuelto en palabras de amor.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Stop deshaucio

Miguel y Gabriel caminan presurosos hacia el Scrinium querelis et rebus. El archivo general donde se guardan las quejas, dudas y sugerencias que llegan al Paraíso, en espera de ser revisadas en los juicios finales de los que las han emitido. Entran en el edificio y suben hasta la planta veinticinco, donde observan un inusual ajetreo en el pasillo. Decenas de ángeles caminan con premura llevando cajas y amontonándolas en las habitaciones contiguas al despacho del director, que les saluda con visible preocupación en el rostro.
—¿Qué es eso tan urgente de lo que querías hablarnos? —pregunta Gabriel.
El director, por toda respuesta, le entrega una carta con membrete del Tribunal Apostólico de la Rota Romana. Gabriel abre el sobre y lee el pliego que hay en su interior.
—Pero esto es… es inaudito.  —dice Gabriel perplejo, mientras le entrega el documento a Miguel.
—Y como esa hay miles más —añade el director—.  Ayer nos remitieron la primera y, desde entonces, no cesan de llegar.
Gabriel y Miguel se miran, conscientes de la necesidad de contarle lo que ocurre a Dios. ¿Pero quién se lo dirá?
—Y si  le enviamos al Ángel de la Anunciación. —sugiere Miguel.
—Imposible. Desde que posó para Rafael, el pintor, está que no hay quién le aguante. Lleva dos meses de tratamiento con un psicólogo para intentar superar su síndrome de narcisismo. Como no cambie de actitud, me temo que acompañará a nuestro hermano Luzbel en el exilio.
—Creo saber quién puede ser la persona adecuada. —añade sonriente Miguel.

*****

El sonido de una dulce voz llega hasta Dios que, en ese momento, está mirando  la Tierra aburrido. « Con un poooco de azúcar esa píldora que os dan, la píldora que os daaan... ». Sonríe al escuchar cantar a Mary Poppins, esa niñera, casi perfecta como ella se define, y que tanta gracia le hace. «…pasará mejor. Si hay un poooco de azúcar,  esa píldora que os daaaan satisfechos tomaréis». Balancea el pie al ritmo de la música, hasta que toma conciencia de qué canción es, y recuerda que siempre anticipaba malas noticias. A pesar del tono distendido de su cantar, Dios observa que Mary camina con indecisión y percibe la mirada que lanza de soslayo, hacia una rosaleda que flanquea el camino. Escruta entre el ramaje y ve a Gabriel y Miguel agazapados.
—¿Qué ocurre, Mary?
—Yo… me han encargado que te entregue estas misivas.
Dios las coge. Lee la primera.

Don/Doña XXX Ha Interpuesto una querella, ante el Tribunal Supremo de la Asignatura Apostólica, por la expulsión, sin juicio ni defensa, de Adán y Eva del Edén. Como heredero/a suyo/a exige le sea restituido el derecho a vivir de nuevo en el Paraíso.

Firma del denunciante
XXX

—¡¿Pero qué broma es esta?! —dice, mientras la lanza al suelo.
Y así, una tras otra, hasta que termina de leer todas. Miguel y Gabriel esperan un ataque de furia al ver la rabia contenida en su gesto, sin embargo, para su sorpresa, explota con una sonora carcajada.
—Miguel, Gabriel… salid de vuestro escondite. ¿De qué tenéis miedo? Es atípico el modo en el que lo han hecho, pero, al fin y al cabo, solo son las mismas quejas de siempre.
Señor... —explica temeroso Miguel— el problema es mayor de lo que parece. Estas solo son unas pocas de las miles que han llegado. Nos hacen responsables, como al resto de los poderes públicos, de mirar hacia otro lado mientras se vulneran sus derechos.
—¿Derechos?
—Uno de los cuales, según ellos, tú les concediste —acota Gabriel— al decirles: «ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado ».
—Pero esa tierra no es…
—También argumentan —continúa diciendo Gabriel— que un padre tiene obligaciones para asegurar la protección y el bienestar de sus hijos. Y que ahora que no hay trabajo, ni manera de ganarse el pan con el sudor, recurrirán a leyes que establezcan  los mecanismos administrativos necesarios que los garanticen. Ya se han formado varias plataformas a lo largo de todo el planeta.
Las manos de Dios se contraen sobre los brazos del trono, su cuerpo se contorsiona… Miguel y Gabriel leen la ira en su rostro y temen lo peor. ¿Qué será esta vez? ¿Un  diluvio, un seísmo… plagas?
 Supercalifragilísticoexpialidoso —interrumpe Mary Poppins.
—No es momento de cantar, Mary. —señala Gabriel, molesto por la intromisión.
—No es eso... Solo quiero llamar vuestra atención sobre el hecho de que, a veces, las palabras no alcanzan a decir lo que se siente. Puede que hayan errado en las formas, pero no en sus reivindicaciones. Nada lograréis con debates internos, y menos —añade mirando fijamente a Dios— enviando un cataclismo que diezme a la humanidad. Vosotros los observáis desde las alturas. Pero no es lo mismo verlo que vivirlo. Creo que sería conveniente que tú, Señor, descendieras a la Tierra y cohabitaras con ellos durante un tiempo. Así tendríais la perspectiva exacta de lo que ocurre antes de juzgar.

*****

Un grupo de personas se acercan a las puertas del Paraíso. El anciano que encabeza la comitiva solicita entrar, asegurando ser Dios. Pedro le niega el acceso y comienzan a discutir. Gabriel se acerca al escuchar el altercado.
—Señor… Por fin has regresado. —dice Gabriel, mientras Pedro observa la escena abochornado por no haberle reconocido. Pero quién iba a pensar que ese tipo demacrado y lívido, casi cadavérico, pudiera ser Él.
—Gabriel, qué razón tenía Mary Poppins... Ha sido duro, pero he aprendido que solo a través de la recuperación del inconsciente, de los sueños, se puede caminar hacia una sociedad nueva donde vivir en plenitud. Ellos lo intentan… pero no se pueden alimentar quimeras cuando no se tiene el sustento asegurado. Por eso he decidido dejarles regresar al Paraíso, pero no como propietarios, sino como inquilinos, a cambio de que trabajen para alcanzar esa utopía que desean y merecen.

sábado, 15 de noviembre de 2014

La sonrisa de Medusa




















Medusa mira a su amante que yace a su lado convertido en piedra. Se levanta del lecho y saca la mejor túnica del armario. Tras vestirse, busca su reflejo en el espejo empañado por el calor y la humedad de la gruta. Traza, apartando el vaho de la superficie, dibujos despreocupados, hasta que su mano toma el control y perfila su bello rostro. A su espalda, percibe un destello metálico. Busca en el cristal el objeto que lo emite y ve a Perseo que, protegido por un escudo, camina hacia ella. No se gira, no hace nada para detener el camino de la espada… Sonríe al saberse mortal. No desea vivir sin sentir, de nuevo, el calor de una mirada enamorada.  

sábado, 8 de noviembre de 2014

Amnesia


Solo faltaba una hora para el comienzo de la función y la actividad era frenética en el circo IzaroEn el punto más alejado del campamento, Ernesto, sentado frente al tocador de su caravana, miraba desafiante a los ojos acusadores que parecían reprocharle una falta imperdonable desde el otro lado del espejo. Ernesto sabía que dentro de él subyacía otra identidad, agazapada en algún rincón de su cerebro, esperando para hacerse cargo de su existencia.
Cada vez que se avecinaba una de sus crisis, como él las llamaba, la presentía. Una inquietud especial se adueñaba de él y el mundo real se alejaba, sus pensamientos se congelaban. Como si un nuevo espíritu se hubiera introducido en su cuerpo, razonaba y sentía de un modo distinto al habitual. Durante un tiempo creyó dominar la situación. La pérdida de consciencia era pequeña, podría incluso confundirse con una falta de memoria normal. Sin embargo, últimamente, sufría de periodos amnésicos cada vez más grandes. Sin saber cómo, se despertaba en un bar con la ropa rota y ensangrentada tras una pelea,  en un autobús con dirección hacia ninguna parte, detenido en una comisaría... No había una causa específica para sus oscilaciones emocionales. De la risa al odio en un segundo. Una mirada, una conversación... y se desencadenaba la reacción que alimentaba sus más bajos instintos.
Ernesto sentía miedo de si mismo, de sus, cada vez, más debilitadas facultades mentales. Era consciente de que algún día ese ser de naturaleza perversa que estaba arraigando dentro de él le obligaría a cometer crímenes y delitos inimaginables. Por eso vivía prácticamente aislado en su caravana, sin vínculos ni afectos, y sin ni siquiera permitir que sus compañeros del circo rompieran el cerco que había levantado a su alrededor.

—¡Señoras y señores, niñas y niños... con todos ustedes el mayor espectáculo del mundo! Recibamos con un fuerte aplauso a... anunció el director de pista. La función había comenzado.

Ernesto abrió la caja de pinturas. Con una esponja se cubrió la cara de blanco, y con lápices de colores se dibujó unas grandes cejas y una boca sonriente. Luego comprobó el resultado. El espejo le devolvió su reflejo distorsionado. «Sabes que no podrás ocultarme siempre entre capas de maquillaje. Me hago más fuerte con el paso de los días». Ernesto se apretó con fuerza la cabeza con las manos para intentar acallar la voz interior y paliar el dolor tan intenso que sentía. «Pobre infeliz, sabes que estoy ganando la partida...».
—¡Silencio, cállate! —gritó Ernesto.
No podía soportar más esta situación. Con una mano temblorosa, rebuscó en el cajón la pistola que había comprado unos meses atrás. Abrió el tambor para asegurarse de que estaban todas las balas y colocó la boca del cañón sobre su sien. «No lo harás, eres un cobarde». 


El público, en ese momento,  aplaudía a Irina que efectuaba un triple giro mortal en el trapecio de la pista central. Nadie escuchó el disparo.


viernes, 24 de octubre de 2014

Sueños reciclados




















Adam entorna los parpados mientras sus dedos avanzan despacio por el cuerpo metálico de su viejo saxofón. Lo guarda en el estuche, mientras escucha, dentro de su alma, una melodía silenciosa de amor y despedida Las lágrimas asoman a sus ojos cuando lo cambia por los billetes que necesita para sobrevivir.
James coloca con delicadeza el instrumento en el escaparate de su tienda de compra-venta. Siente que los objetos que él obtiene tienen historia y acumulan sentimientos.
Rudy camina distraído hasta que un brillo dorado llama su atención. Se acerca. Tras el cristal encuentra el saxo que siempre ha soñado poseer. Sus ojos se iluminan y saca de su bolsillo los últimos dólares que le quedan  para comprar sus sueños. 



sábado, 27 de septiembre de 2014

Rellamada


Alice se sirve una copa de vino y se sienta frente a la chimenea. Las luces danzantes del fuego iluminan la esfera del reloj que hay sobre ella y que marca las once y cuarto. Recuerda la voz de Sanite Laveau, el santero, «no antes de la medianoche…». Mira el álbum de fotografías que tiene abierto en la mesa contigua, lo coge y comienza a pasar las hojas. El instituto, la graduación, los primeros días de la universidad... Cierra los párpados con cada imagen, como si al mirarlas se activara el flash de una cámara que dañara sus ojos. Apenas se reconoce en esa joven. Siente que esa Alice que una vez fue se ha evaporado, pasando a engrosar la  lista de personas desaparecidas. Llega a las láminas que contienen el reportaje de su boda con Scott. Bebe un sorbo de vino y se concede una pausa para tomar aliento y ordenar sus ideas. Las manecillas del reloj continúan su camino hacia la medianoche. Las once y media.  «Te entregué mis mejores años, abandoné mis sueños por empujar los tuyos, te quise más a ti que a mí misma… ese fue mi error. Y ahora, en la cima de tu carrera, me relegas por una sucesión de barbis de pacotilla que solo están a tu lado por la notoriedad que da tu cargo… Pero ya no me duele…».
—Te pedí el divorcio y me lo negaste —dice lanzando la copa contra el suelo que estalla en mil pedazos—. Para ti no soy más que un complemento que viste bien en tu campaña electoral, como las corbatas de Armani que tanto te gustan… Pero ya no habrá  más desprecios ni humillaciones.
Coge una fotografía de Scott, cierra de golpe el álbum y se levanta. La deja sobre un tapete de terciopelo rojo que cubre el centro de la mesa del salón. A su lado, cinco velas negras, un cuenco de metal, unas tijeras, unos fósforos  y un pergamino envuelto en una fina tela de lino blanco. Mira el reloj. Tan solo faltan unos minutos para las doce. Coloca las velas sobre el paño formando un pentagrama casi perfecto y en el centro pone la vasija metálica. Con minuciosidad, corta la fotografía que se esparce por el fondo del recipiente. Desenrolla el manuscrito y comienza a recitar la salmodia que hay escrita mientras enciende la primera vela. «Como esta cera el poder de Scott se quema…». «Se disipa…», la segunda. «No causándome daño», la tercera. «Soy inmune a sus males para siempre…», la cuarta. A pesar de que Sanité le había asegurado  que el ritual no pondría en peligro a nadie, duda un instante antes de encender el último cirio. «Hágase mi voluntad», dice lanzando con furia la cerilla sobre los pedazos del retrato que comienzan a arder elevando una pequeña lengua de fuego hacia el techo.

Alice se despierta tras una noche de pesadillas, en las que Sanite Laveau la miraba fijamente y recitaba una plegaria que trastornaba sus sentidos y paralizaba sus músculos, mientras Scott avanzaba hacia ella rodeado de sombras. Suena el timbre de la puerta. Alice se pone una bata sobre el camisón y abre la puerta. Un agente de policía le informa de que un conductor ebrio, que circulaba por el carril contrario, chocó contra el coche de Scott y le provocó la muerte. 

Se ha marchado el último asistente al sepelio. Alice se prepara una infusión en la cocina. Suena el móvil. El nombre de Scott aparece en la pantalla. Corta la llamada, pero pasados unos segundos vuelve a sonar. Corre hacia la habitación y abre el cajón de la mesita. El teléfono de Scott está allí, apagado y sin batería. Un tintineo en el suyo le avisa que tiene un sms.
REGRESO A CASA…
SCOTT
Alice se sobresalta al escuchar ruido en la entrada y el sonido de unos pasos que se acercan por el pasillo. Cierra la puerta de la habitación y se acurruca en una esquina. Tiembla al ver unos hilos de niebla que pasan por debajo de la puerta y se alargan hacia ella. La estancia se llena de sombras.

viernes, 29 de agosto de 2014

El viejo barquero




















El viejo barquero revisa el armazón de su barca en un astillero improvisado en la orilla del río. Coge una lija para retirar los restos de pintura descascarillada,  cepilla, pasa la mano para sentir la suavidad de la madera y vuelve a lijar. El perro que está a su lado mueve la cola,  impaciente,  reclamando su atención.
—Tú también estás hastiado, ¿verdad, compañero? —le dice, mientras le acaricia la cabeza—. ¿Recuerdas cuando la gente esperaba, formando grandes hileras, para que los trasladáramos a la otra orilla? Pero llegó la crisis y encontraron el modo de alcanzarla más plácidamente y sin coste alguno… y con ella,  el olvido. Conozco cada roca, cada banco de arena, cada corriente… y, sin embargo, no sé qué es una sonrisa, una mirada enamorada o el calor de una mano amiga. ¿De qué sirve tanto dinero acumulado? El mundo es mucho más que este río. Amo mi trabajo, pero sé que encontraré la manera de realizarlo lejos de aquí. Tal vez en el estanque del Retiro o  incluso he pensado en ir a Venecia y ofrecer mis servicios como gondolero. Lo único que lamento es que tú, mi fiel amigo, no me puedas acompañar.
Desde entonces, se escuchan los aullidos lastimeros de Cancerbero que, transformado en perro, busca a Caronte al anochecer