El sonido de unos
puños golpeando una puerta resuena en lo más profundo de sus sueños. Mary se
despierta asustada. Respira aliviada al comprobar que está en la habitación del
motel junto a la playa. Se dirige al baño para refrescase la cara. Se
mira en el espejo. Instintivamente, saca del neceser el maquillaje para tapar
los moratones que van tornándose amarillentos. Destapa el bote y tira el
contenido en el lavabo. Observa cómo se desliza por la cerámica creando
caprichosas formas. El rumor de las olas la trae a la realidad. Abandona la
habitación y cruza desnuda la arena. Sonríe mientras siente su piel
erizarse al adentrarse en el mar. Hace tanto tiempo que nadie la acaricia con
tanto mimo...
miércoles, 25 de noviembre de 2015
viernes, 30 de octubre de 2015
Fobia insuperable
Todos esperan expectantes a que den
las doce en el reloj de la capilla. Están tan nerviosos que puede percibirse la
ansiedad tras las máscaras que cubren sus rostros. Sin embargo, Adeline
tiembla al coger la suya y mira hacia un punto indefinido, más allá de la verja
que les separa de la ciudad. Su mente se llena de imágenes, crueles y
dolorosas, que la atormentan. Sacude su cabeza para alejarlas.
La noche se llena de risas y alegría con
la última campanada mientras, al grito de Feliz Halloween, corren
hacia el exterior. Adeline, como si una pared invisible la hubiera frenado en
seco, se para y, poco a poco, retrocede hasta el interior del mausoleo.
«No puedo... Nunca superaré mi fobia a los
humanos…»
domingo, 18 de octubre de 2015
El yo digital de Elías Quimey y otras historias inverosímiles
El primer apunte que quiero hacer, y que nos ayudará
a conocer mejor la obra de Santiago Solano Grande, es que fue el creador de la
primera agrupación digital de España, EnR, de la que, en la actualidad, es el presidente. Esa presencia analógica —con
sus interacciones, sus vías de expresión, de conocimiento… habitada en
libertad, pero también en confluencia— es una constante en su forma de entender
la escritura, lejos de límites y estereotipos.
Y
ahora, precisada una de las palabras del título, «digital», vamos a centrarnos en otra que también es clave:
«yo». No, no os asustéis… No voy a entrar en cuestiones filosóficas ni
humanísticas sobre el término, porque
todos sabemos que nuestra identidad —quizás más marcada en el caso de los
escritores que no dejan de ser, en cierto modo, cada personaje que inventan— la
conforman varios «yoes». Por eso no tenéis que asombraros ante la cantidad de
personajes que entran en escena, salen, se unen en uno solo, se disocian… para
acceder a ese Elías Quimey que, como se dice en la sinopsis, es un post humano
autorizado a utilizar a conveniencia los radicales libres de La Red.
En este libro no encontraréis una novela tradicional
de planteamiento nudo y desenlace, sino un conjunto de hechos que, en
apariencia, se suceden inconexos, aislados, pero que, como un rompecabezas, se
unen al final para dar respuestas a las diversas incógnitas que se nos plantean
durante su lectura. Un puzle que no deja de ser el reflejo de nuestro propio
desarrollo personal.
Os voy a pedir que realicéis conmigo un pequeño
experimento. Evocar durante un instante el transcurso del día de hoy. Si lo
analizáis, no hallareis un solo hilo conductor, es imposible. Porque cada
sueño, pensamiento o acción que hayamos tenido o realizado es, en la mayoría de
los casos, independiente y desvinculado
del anterior. Es nuestra mente la que se encarga de seleccionar, desechar o
guardarlos en la memoria para dar unidad a una fecha que, sumada a otras
jornadas, conforman nuestra biografía. Pues bien, Santiago Solano, convertido
en una Inteligencia Artificial, ha actuado de la misma manera para presentarnos
este extraño pero interesante viaje por la vida, la memoria y los sueños, que
no dista de lo que debe ser la Literatura.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Noche perpetua
La ciudad duerme confiada, mientras una figura
encapuchada camina por sus calles hasta llegar al cementerio. La antigua
cancela cede a su voluntad y chirría al abrirse. Se desplaza silenciosa entre
las tumbas más antiguas hasta alcanzar las más recientes, donde se percibe un
montículo de tierra blanda, que la nieve ha teñido de blanco. La silueta se
retira la capucha que cubre su rostro. Como si la luna fuera a su encuentro, se
abren unos claros e ilumina los copos que centellean sobre su exuberante
melena. La joven, de rostro impenetrable, extiende su mano en la que lleva una
rosa roja. Sin embargo, sus ojos no siguen el movimiento de la extremidad, sino
el de unas oscuras gotas que descienden sinuosas por el dorso hasta alcanzar el
manto impoluto.
«La sangre sobre la nieve es más roja…», piensa
mientras deja caer la flor sobre el sepulcro, que parece llevarse el alma y sus
recuerdos, atravesados de
invisibles espinas. Los pensamientos se arremolinan en su cabeza. Evoca la
huida de casa de sus padres, el miedo que sintió mientras deambulaba por las
calles, frías e inhóspitas, hasta que apareció Malcolm, tan amable, tan
protector... Pero todo fue un engaño. «No intentes joderme, puta, y nos llevaremos bien
¿entiendes?». Con esas palabras y unas costillas rotas Malcolm selló un trato con Alice,
que pasó a formar parte de una red de prostitución y drogas. Así pasaron meses,
años, en los que, a base de cerrar los ojos a la realidad, aprendió a
vivir en la oscuridad, convirtiendo su vida en una noche perpetua.
Un día en que a
Malcom se le fue la mano, perdió el conocimiento y despertó malherida en un
hospital. Sus emociones vacilaban entre la inquietud y el terror. Sacando
fuerzas de su extrema flaqueza y venciendo el miedo, le denunció. Informó sobre
la estructura de la organización, sus métodos, actividades y nexos con otros
grupos. A cambio solo pidió protección física. Alice pasó a formar parte del
programa de protección de testigos y simularon su propia muerte.
—Descansa
en paz, Alice —susurra al aire, descartando las imágenes congregadas por su
memoria—. El pasado se queda aquí, enterrado en esta tumba vacía y con tu
nombre.
La tormenta
arrecia y la nueva Alice mira hacia atrás por última vez. Los copos borrarán
sus huellas y su vida pasada. «Las cicatrices señalan dónde hemos estado, pero no
dictan nuestro destino», se dice a
sí misma mientras se aleja, con
paso decidido, hacia el amanecer.
sábado, 1 de agosto de 2015
Arriba y abajo
Hay
una gran algarabía en casa del marqués de Fontaine. En el piso superior, los
invitados festejan los platos preparados por Chef François
—el mejor cocinero de París—, en el inferior, Alvar, el aprendiz, mira de
soslayo a François sin comprender la desmesura con la que está cocinando.
—¿No se desperdiciará tanta comida? —pregunta
Alvar.
—Nunca subestimes el poder de las sobras…
—responde François señalando la fila de menesterosos que comienza a formarse en
el patio.
El marqués desciende a las cocinas. Desde el
dintel de la puerta, observa, asqueado, cómo los indigentes se arremolinan
alrededor de la basura que tira Alvar.
—Para que digan que la gula es un pecado de
ricos… —señala el marqués.
—No es gula —increpa François — es hambre.
viernes, 12 de junio de 2015
Pasaje al olvido
El
rumor del cierre de fronteras, ante el éxodo masivo hacia Sudamérica, ha
disparado la afluencia al muelle. Mistura se coloca en la fila de embarque.
—¿Nombre?
—Mistura.
—¿Con
equis o ese?
—Soy
parónima, aunque prefiero con ese.
—¿Sabe
que su naturaleza puede modificarse al cambiar de país?
Mistura recapacita. En Sudamérica su nombre también significa
confeti. Expresión evocadora de alegría y que, seguro, no estará etiquetada de «fórmula
poco usada» como en España. Sin tiempo de aceptar,
observa a los estibadores recoger, a la orden de «ni una palabra más», las amarras..
Un jovial grupo
de vocablos recién nacidos rompe el silencio de la Academia. Mistura los mira
con nostalgia, antes de penetrar en la estancia de las palabras olvidadas.
sábado, 23 de mayo de 2015
Ze urrun...
Los fuegos artificiales
iluminan la noche bilbaína. Las luces del recinto ferial están apagadas y la
gente mantiene un silencio expectante, solo roto por las exclamaciones de
admiración ante las explosiones más novedosas y sorprendentes. Samuel, cansado,
deposita en el suelo los múltiples bolsos, baratijas y pañuelos de fiesta que
lleva en los brazos. «Iñaki, ze urrun dago Kamerun…» La
pantalla parpadea al son de la música. Es Aitor, una de las pocas personas con
las que se relaciona fuera del colectivo de inmigrantes y que, de vez en
cuando, le busca trabajo en alguna obra.
—Ya
es hora de que respondas, Samuel. He pensado que tal vez estés por el Casco
Viejo y te apetezca tomar algo conmigo.
—Si
estoy aquí, pero no puedo. Este no está siendo un buen mes y tengo que
aprovechar que son fiestas para… —Intenta argumentar, mientras mete la mano en
su bolsillo, donde apenas tintinean unas monedas.
—Pero
algo tendrás que cenar. Venga, tío, invito yo —Insiste Aitor sin dejarle
hablar. El estómago de Samuel parece protestar ante la negativa de este a
aceptar la invitación — No hay más que hablar. Te hago una llamada perdida
cuando llegue.
Samuel
intenta buscar una excusa, pero claudica y deja morir las palabras en sus
labios. Cuando Aitor se pone terco no hay quien le haga cambiar de opinión.
Antes de guardar el móvil entra en su archivo de fotografías. Desde la
pantalla, su mujer, Therese, le sonríe, mientras Daniel y Pauline, sus hijos,
juegan a su alrededor. Samuel maximiza
la imagen y se centra en sus labios. Observa sus perfiles delicados y el modo
en que se curvan para dar forma a esa sonrisa que adora. Por su cabeza nunca ha
pasado la idea de traer a su familia. ¿Qué
tendrían aquí? Desarraigo, pobreza, xenofobia… Sin embargo allí, con el dinero
que él les envía —ahorra cada céntimo que puede— alcanzan un estado de
bienestar que en España les sería negado. Cierra los ojos y los imagina
sentados alrededor de la mesa, en la que no falta yuca, ñame, arroz, maíz, frijoles, brochetas de pollo y
pescado, pan francés... Ya no tienen que
recoger brotes en el bosque ni cazar animales con los que engañar al hambre. Escucha
a sus hijos reír, los ve embadurnados de salsa de tomate, incluso escucha un
eructo que sale de la boca de Daniel ante la severa mirada de su madre… y la
ternura que le produce esa visión le hace sentir bien. La traca final le saca
de la ensoñación casi en el mismo instante en el que suena el móvil y recibe la
llamada de Aitor. «Iñaki, qué lejos está
Camerún…»
Therese avisa a
sus hijos de que la cena está lista. Se sientan sin apenas echar un vistazo a la
comida que hay sobre el mantel inmaculado. Todas las miradas se concentran en
ese plato vacío que Therese se empeña en poner, cada día, para Samuel.
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