lunes, 25 de abril de 2016
sábado, 23 de abril de 2016
Presentación de «El ojeador», de Luis Miguel Rodrigo González
Gracias a todos por venir a este nuevo encuentro, organizado
por la Asociación Literaria Plaza Nueva Idazleak, con escritores de otras comunidades. No
cabe duda que la descentralización ha fomentado de un modo sensacional el
resurgimiento de nuestros autores locales, hecho que es de agradecer, pero también
que corremos el riesgo de quedar circunscritos en el ámbito de nuestra propia autonomía,
dejando de lado uno de los valores más extraordinarios de la Literatura: su
universalidad.
Hoy tengo el honor de
presentaros a Luis Miguel Rodrigo González, que ha venido desde Madrid para
presentarnos su primera novela: «El ojeador». Que sea su primera novela no quiere decir que nos
encontremos ante un autor novel, muy al contrario. En el 2006 publicó el
poemario «Inclemencias de un cardo borriquero»,
en el 2011 el ensayo «La enfermedad de la prisa: un trastorno de los ideales» y
en el 2014 «Mala letra», obra ganadora del prestigioso premio de poesía «Blas
de Otero» de Majadahonda.
Antes de comenzar a hablar de «El ojeador», quisiera
detenerme un instante en el título de su primera publicación: «Inclemencias de
un cardo borriquero». A nadie se le escapa la connotación negativa con la que
usamos esa expresión para referirnos a una persona arisca o de trato difícil.
Sin embargo el cardo es algo más que una flor espinosa. Entre otras
propiedades, tiene la capacidad de crecer y florecer en
lugares adversos como los bordes de los caminos o las escombreras. Pues Luis
Miguel es como uno de esos cardos: tenaz, dinámico, rebelde… y que, como él
mismo nos indica en uno de sus poemas, ha aprendido a buscar la
inspiración a ras de infierno.
En él confluye, además, una circunstancia que le convierte en un escritor
especial y comprometido: su profesión como psicólogo clínico —con más de veinte
años de experiencia— con lo que conlleva de introspección, de discernimiento
acerca de la esencia de las emociones y del pensamiento, y, sobre todo, de empatía
hacia los demás y las diversas realidades que existen más allá de la
particular.
No me extrañó que Luis Miguel eligiera el tema del futbol
para su primera novela, le he visto hacer maravillas con un futbolín mientras
me daba no solo lecciones de escritura sino de vida, pero sí sentí interés por
ver cómo lo enfocaría. Máxime cuando soy bastante crítica con ese deporte. Y reconozco
que, como esperaba, no me ha defraudado.
Luis Miguel rompe las reglas de la narración convencional y
estructura la novela en: Primera parte, Descanso, Segunda parte, Descanso
previo a la prórroga y Prórroga. Un partido que no es sino una asombrosa
metáfora vital, en la que no encontraréis ni una sola jugada de futbol. Porque
el futbol es solo el marco de referencia del que se sirve para abordar temas
como la amistad, la familia, la inmigración, las drogas, las relaciones de
pareja o la soledad.
La acción se desarrolla en un pueblo perdido con nombre de alambrada,
pero también podría haberse enmarcado en alguno de los barrios más pobres y
peligrosos de Sudamérica o en muchos de los países africanos donde los chicos improvisan
pelotas de paños, mientras sueñan con triunfar como futbolistas y salir de la
pobreza.
Tras conocer el rumor de la existencia de una joven promesa del balón, Jaime, un ojeador
de futbol con un solo ojo y una navaja de siete dedos en el bolsillo, llega al
pueblo, con el convencimiento de que ese adolescente puede ser su última oportunidad
para salir de una vida vacía y anestesiada por el alcohol.
Con este inicio, mediante el monólogo interior de cada
personaje, se va tejiendo la historia de unas existencias frágiles —con sus
secretos, temores, sueños y dudas—, que, a su vez, introducen al lector en una
trama que discurre en paralelo. Una carrera contra la muerte repleta de acción,
de peligros, de suspense, en la que se demuestra que es en las circunstancias
excepcionales donde el ser humano se revela como realmente es. Y todo ello
escrito con el lenguaje de los sentidos, con una sutileza tan genial como
hermosa
Se dice que el jugador número doce de un equipo es la
afición. En este caso, es el lector Os animo a que os convirtáis en ese
decimosegundo jugador y participéis en este partido intenso y sorprendente. Porque
os aseguro que cuando finalice, como ocurre siempre que la Literatura es de
calidad, habréis ganado por goleada.
Y antes de terminar y dar paso a Luis Miguel, que nos hablará
sobre su novela, y a Vicente Corral, que compartirá su experiencia como ojeador profesional, no me
resisto a dejaros su «Lección de futbolín», extraído del poemario premiado
«Mala letra». Quiero que seáis vosotros quienes juzguéis, más allá del cariño y
admiración que siento por Luis Miguel y que han reflejado mis palabras.
LECCIÓN DE FUTBOLÍN
1. —Nivel
participante:
Para ser
especialista en este arte primero hay que
exiliarse
en el silencio —que hablen el hierro y la
madera— y
dejar que el oído se acostumbre al
impacto de
la bola con las tablas, sin que se nos
escape el
parpadeo con el ojo que tiende a
protegerse
de un tornillo desprendido o una astilla.
Esta
primera fase del entrenamiento dura lo que
tarda en
superarse la muerte de un amigo
2. — Nivel
aficionado:
Se hace
imprescindible que crujan los tendones de
la mano y
jamás perder de vista la jugada, aunque la
luz del
fluorescente, el humo y el cansancio nos
cieguen las
muñecas.
3. — Nivel
competitivo:
Se debe
mantener el pulso frío cuando cientos de
derrotas
observan la partida. Esto se consigue
cuando las nuestras pesan tanto como aquellas.
4.— Nivel
profesional:
Se hace
preciso, para llegar a ser alguien en el juego,
pedernal
tras las costillas, rabia de sobra y la
puntería
que sólo proporciona haber perdido
mucho desde
niño.
5.—Nivel
ganador:
No deben
aspirar los vencedores a premios
sustanciosos;
tal vez a que les llamen por su nombre
y quede
sepultado en el olvido, a base de victorias,
su apodo de
extrarradio.
viernes, 25 de diciembre de 2015
A Christmas Carol
Charles Dicken dijo: "Cuando lo hayas encontrado, anótalo”. Muchas son las anotaciones, pero pocos son los escritores que saben dotarlas de vida. En este enlace, podéis encontrar, además de mis humildes creaciones, los fantasmas de las Navidades pasadas, presentes y futuras de mis extraordinarios compañeros de Escritores en Red.
Feliz Navidad y feliz lectura.
miércoles, 25 de noviembre de 2015
Caricias
El sonido de unos
puños golpeando una puerta resuena en lo más profundo de sus sueños. Mary se
despierta asustada. Respira aliviada al comprobar que está en la habitación del
motel junto a la playa. Se dirige al baño para refrescase la cara. Se
mira en el espejo. Instintivamente, saca del neceser el maquillaje para tapar
los moratones que van tornándose amarillentos. Destapa el bote y tira el
contenido en el lavabo. Observa cómo se desliza por la cerámica creando
caprichosas formas. El rumor de las olas la trae a la realidad. Abandona la
habitación y cruza desnuda la arena. Sonríe mientras siente su piel
erizarse al adentrarse en el mar. Hace tanto tiempo que nadie la acaricia con
tanto mimo...
viernes, 30 de octubre de 2015
Fobia insuperable
Todos esperan expectantes a que den
las doce en el reloj de la capilla. Están tan nerviosos que puede percibirse la
ansiedad tras las máscaras que cubren sus rostros. Sin embargo, Adeline
tiembla al coger la suya y mira hacia un punto indefinido, más allá de la verja
que les separa de la ciudad. Su mente se llena de imágenes, crueles y
dolorosas, que la atormentan. Sacude su cabeza para alejarlas.
La noche se llena de risas y alegría con
la última campanada mientras, al grito de Feliz Halloween, corren
hacia el exterior. Adeline, como si una pared invisible la hubiera frenado en
seco, se para y, poco a poco, retrocede hasta el interior del mausoleo.
«No puedo... Nunca superaré mi fobia a los
humanos…»
domingo, 18 de octubre de 2015
El yo digital de Elías Quimey y otras historias inverosímiles
El primer apunte que quiero hacer, y que nos ayudará
a conocer mejor la obra de Santiago Solano Grande, es que fue el creador de la
primera agrupación digital de España, EnR, de la que, en la actualidad, es el presidente. Esa presencia analógica —con
sus interacciones, sus vías de expresión, de conocimiento… habitada en
libertad, pero también en confluencia— es una constante en su forma de entender
la escritura, lejos de límites y estereotipos.
Y
ahora, precisada una de las palabras del título, «digital», vamos a centrarnos en otra que también es clave:
«yo». No, no os asustéis… No voy a entrar en cuestiones filosóficas ni
humanísticas sobre el término, porque
todos sabemos que nuestra identidad —quizás más marcada en el caso de los
escritores que no dejan de ser, en cierto modo, cada personaje que inventan— la
conforman varios «yoes». Por eso no tenéis que asombraros ante la cantidad de
personajes que entran en escena, salen, se unen en uno solo, se disocian… para
acceder a ese Elías Quimey que, como se dice en la sinopsis, es un post humano
autorizado a utilizar a conveniencia los radicales libres de La Red.
En este libro no encontraréis una novela tradicional
de planteamiento nudo y desenlace, sino un conjunto de hechos que, en
apariencia, se suceden inconexos, aislados, pero que, como un rompecabezas, se
unen al final para dar respuestas a las diversas incógnitas que se nos plantean
durante su lectura. Un puzle que no deja de ser el reflejo de nuestro propio
desarrollo personal.
Os voy a pedir que realicéis conmigo un pequeño
experimento. Evocar durante un instante el transcurso del día de hoy. Si lo
analizáis, no hallareis un solo hilo conductor, es imposible. Porque cada
sueño, pensamiento o acción que hayamos tenido o realizado es, en la mayoría de
los casos, independiente y desvinculado
del anterior. Es nuestra mente la que se encarga de seleccionar, desechar o
guardarlos en la memoria para dar unidad a una fecha que, sumada a otras
jornadas, conforman nuestra biografía. Pues bien, Santiago Solano, convertido
en una Inteligencia Artificial, ha actuado de la misma manera para presentarnos
este extraño pero interesante viaje por la vida, la memoria y los sueños, que
no dista de lo que debe ser la Literatura.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Noche perpetua
La ciudad duerme confiada, mientras una figura
encapuchada camina por sus calles hasta llegar al cementerio. La antigua
cancela cede a su voluntad y chirría al abrirse. Se desplaza silenciosa entre
las tumbas más antiguas hasta alcanzar las más recientes, donde se percibe un
montículo de tierra blanda, que la nieve ha teñido de blanco. La silueta se
retira la capucha que cubre su rostro. Como si la luna fuera a su encuentro, se
abren unos claros e ilumina los copos que centellean sobre su exuberante
melena. La joven, de rostro impenetrable, extiende su mano en la que lleva una
rosa roja. Sin embargo, sus ojos no siguen el movimiento de la extremidad, sino
el de unas oscuras gotas que descienden sinuosas por el dorso hasta alcanzar el
manto impoluto.
«La sangre sobre la nieve es más roja…», piensa
mientras deja caer la flor sobre el sepulcro, que parece llevarse el alma y sus
recuerdos, atravesados de
invisibles espinas. Los pensamientos se arremolinan en su cabeza. Evoca la
huida de casa de sus padres, el miedo que sintió mientras deambulaba por las
calles, frías e inhóspitas, hasta que apareció Malcolm, tan amable, tan
protector... Pero todo fue un engaño. «No intentes joderme, puta, y nos llevaremos bien
¿entiendes?». Con esas palabras y unas costillas rotas Malcolm selló un trato con Alice,
que pasó a formar parte de una red de prostitución y drogas. Así pasaron meses,
años, en los que, a base de cerrar los ojos a la realidad, aprendió a
vivir en la oscuridad, convirtiendo su vida en una noche perpetua.
Un día en que a
Malcom se le fue la mano, perdió el conocimiento y despertó malherida en un
hospital. Sus emociones vacilaban entre la inquietud y el terror. Sacando
fuerzas de su extrema flaqueza y venciendo el miedo, le denunció. Informó sobre
la estructura de la organización, sus métodos, actividades y nexos con otros
grupos. A cambio solo pidió protección física. Alice pasó a formar parte del
programa de protección de testigos y simularon su propia muerte.
—Descansa
en paz, Alice —susurra al aire, descartando las imágenes congregadas por su
memoria—. El pasado se queda aquí, enterrado en esta tumba vacía y con tu
nombre.
La tormenta
arrecia y la nueva Alice mira hacia atrás por última vez. Los copos borrarán
sus huellas y su vida pasada. «Las cicatrices señalan dónde hemos estado, pero no
dictan nuestro destino», se dice a
sí misma mientras se aleja, con
paso decidido, hacia el amanecer.
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