Todo en la vida de Marta debía ser perfecto. Sus padres se lo habían inculcado: “Tienes que ser la mejor en todo lo que emprendas.” “Tienes que esforzarte más.” “Las cosas se hacen bien y la primera.” Las exigencias se agarraron a su vientre y convirtieron a Marta en una mujer indecisa, vacilante, siempre pendiente de la aprobación de los demás.
Percibía el mundo como un lugar contaminado donde todo era posible. Cuanto más quería simplificar, más se complicaba todo. Cualquier decisión, por simple que fuera, elegir la ropa por la mañana, comprar un electrodoméstico, elegir un plato del menú...era causa de ansiedad.
Marta deseaba que la duda abandonara la silla que todas las noches ocupaba, frente a ella, en la cena. Pero no lo hacía, era su peor enemiga y, sin embargo, su más fiel compañera. Por eso, cuando al mandar un mensaje, en la pantalla del teléfono apareció ¿Enviar? no pudo más. La atmósfera se volvió lenta, pesada.