domingo, 13 de septiembre de 2015

Noche perpetua


La ciudad duerme confiada, mientras una figura encapuchada camina por sus calles hasta llegar al cementerio. La antigua cancela cede a su voluntad y chirría al abrirse. Se desplaza silenciosa entre las tumbas más antiguas hasta alcanzar las más recientes, donde se percibe un montículo de tierra blanda, que la nieve ha teñido de blanco. La silueta se retira la capucha que cubre su rostro. Como si la luna fuera a su encuentro, se abren unos claros e ilumina los copos que centellean sobre su exuberante melena. La joven, de rostro impenetrable, extiende su mano en la que lleva una rosa roja. Sin embargo, sus ojos no siguen el movimiento de la extremidad, sino el de unas oscuras gotas que descienden sinuosas por el dorso hasta alcanzar el manto impoluto.
«La sangre sobre la nieve es más roja», piensa mientras deja caer la flor sobre el sepulcro, que parece llevarse el alma y sus recuerdos, atravesados de invisibles espinas. Los pensamientos se arremolinan en su cabeza. Evoca la huida de casa de sus padres, el miedo que sintió mientras deambulaba por las calles, frías e inhóspitas, hasta que apareció Malcolm, tan amable, tan protector... Pero todo fue un engaño. «No intentes joderme, puta, y nos llevaremos bien ¿entiendes?»Con esas palabras y unas costillas rotas Malcolm selló un trato con Alice, que pasó a formar parte de una red de prostitución y drogas. Así pasaron meses, años, en los que, a base de cerrar  los ojos a la realidad, aprendió a vivir en la oscuridad, convirtiendo su vida en una noche perpetua.
Un día en que a Malcom se le fue la mano, perdió el conocimiento y despertó malherida en un hospital. Sus emociones vacilaban entre la inquietud y el terror. Sacando fuerzas de su extrema flaqueza y venciendo el miedo, le denunció. Informó sobre la estructura de la organización, sus métodos, actividades y nexos con otros grupos. A cambio solo pidió protección física. Alice pasó a formar parte del programa de protección de testigos y simularon su propia muerte. 
 —Descansa en paz, Alice —susurra al aire, descartando las imágenes congregadas por su memoria—. El pasado se queda aquí, enterrado en esta tumba vacía y con tu nombre.
 La tormenta arrecia y la nueva Alice mira hacia atrás por última vez. Los copos borrarán sus huellas y su vida pasada. «Las cicatrices señalan dónde hemos estado, pero no dictan nuestro destino», se dice a sí misma mientras se aleja, con paso decidido,  hacia el amanecer. 


sábado, 1 de agosto de 2015

Arriba y abajo















Hay una gran algarabía en casa del marqués de Fontaine. En el piso superior, los invitados festejan los platos preparados por Chef François —el mejor cocinero de París—, en el inferior, Alvar, el aprendiz, mira de soslayo a François sin comprender la desmesura con la que está cocinando.
—¿No se desperdiciará tanta comida? —pregunta Alvar.
—Nunca subestimes el poder de las sobras… —responde François señalando la fila de menesterosos que comienza a formarse en el patio.

El marqués desciende a las cocinas. Desde el dintel de la puerta, observa, asqueado, cómo los indigentes se arremolinan alrededor de la basura que tira Alvar.
—Para que digan que la gula es un pecado de ricos… —señala el marqués.
—No es gula —increpa François — es hambre.

viernes, 12 de junio de 2015

Pasaje al olvido
















El rumor del cierre de fronteras, ante el éxodo masivo hacia Sudamérica, ha disparado la afluencia al muelle. Mistura se coloca en la fila de embarque.
—¿Nombre?
—Mistura.
—¿Con equis o ese?
—Soy parónima, aunque prefiero con ese.
—¿Sabe que su naturaleza puede modificarse al cambiar de país?
Mistura recapacita. En Sudamérica su nombre también significa confeti. Expresión evocadora de alegría y que, seguro, no estará etiquetada de «fórmula poco usada» como en España. Sin tiempo de aceptar, observa a los estibadores recoger, a la orden de «ni una palabra más», las amarras..

Un jovial grupo de vocablos recién nacidos rompe el silencio de la Academia. Mistura los mira con nostalgia, antes de penetrar en la estancia de las palabras olvidadas.


sábado, 23 de mayo de 2015

Ze urrun...

Los fuegos artificiales iluminan la noche bilbaína. Las luces del recinto ferial están apagadas y la gente mantiene un silencio expectante, solo roto por las exclamaciones de admiración ante las explosiones más novedosas y sorprendentes. Samuel, cansado, deposita en el suelo los múltiples bolsos, baratijas y pañuelos de fiesta que lleva en los brazos. «Iñaki, ze urrun dago Kamerun…» La pantalla parpadea al son de la música. Es Aitor, una de las pocas personas con las que se relaciona fuera del colectivo de inmigrantes y que, de vez en cuando, le busca trabajo en alguna obra.
—Ya es hora de que respondas, Samuel. He pensado que tal vez estés por el Casco Viejo y te apetezca tomar algo conmigo.
—Si estoy aquí, pero no puedo. Este no está siendo un buen mes y tengo que aprovechar que son fiestas para… —Intenta argumentar, mientras mete la mano en su bolsillo, donde apenas tintinean unas monedas.
—Pero algo tendrás que cenar. Venga, tío, invito yo —Insiste Aitor sin dejarle hablar. El estómago de Samuel parece protestar ante la negativa de este a aceptar la invitación — No hay más que hablar. Te hago una llamada perdida cuando llegue.
Samuel intenta buscar una excusa, pero claudica y deja morir las palabras en sus labios. Cuando Aitor se pone terco no hay quien le haga cambiar de opinión. Antes de guardar el móvil entra en su archivo de fotografías. Desde la pantalla, su mujer, Therese, le sonríe, mientras Daniel y Pauline, sus hijos, juegan a su alrededor.  Samuel maximiza la imagen y se centra en sus labios. Observa sus perfiles delicados y el modo en que se curvan para dar forma a esa sonrisa que adora. Por su cabeza nunca ha pasado la idea de traer a su familia.  ¿Qué tendrían aquí? Desarraigo, pobreza, xenofobia… Sin embargo allí, con el dinero que él les envía —ahorra cada céntimo que puede— alcanzan un estado de bienestar que en España les sería negado. Cierra los ojos y los imagina sentados alrededor de la mesa, en la que no falta yuca, ñame, arroz, maíz, frijoles, brochetas de pollo y pescado,  pan francés... Ya no tienen que recoger brotes en el bosque ni cazar animales con los que engañar al hambre. Escucha a sus hijos reír, los ve embadurnados de salsa de tomate, incluso escucha un eructo que sale de la boca de Daniel ante la severa mirada de su madre… y la ternura que le produce esa visión le hace sentir bien. La traca final le saca de la ensoñación casi en el mismo instante en el que suena el móvil y recibe la llamada de Aitor. «Iñaki, qué lejos está Camerún…»

Therese avisa a sus hijos de que la cena está lista. Se sientan sin apenas echar un vistazo a la comida que hay sobre el mantel inmaculado. Todas las miradas se concentran en ese plato vacío que Therese se empeña en poner, cada día, para Samuel.




lunes, 20 de abril de 2015

Regla de tres

















«Dos trenes parten de ciudades distantes entre sí por 50 kilómetros. ¿En qué punto se encontrarán, si el primero viaja a una velocidad de…? »
Sentado en el andén, Marcos intenta resolver el problema, con sabor a infancia y tiza. Mira el panel informativo y selecciona diferentes horarios con los que despejar la incógnita. Al final,  elige el de las cinco y media.
Su nerviosismo aumenta con el paso de estaciones, hasta que divisa un convoy que marcha en dirección contraria. Ambos trenes paran y quedan en paralelo. Sus miradas se encuentran a través del cristal. «¿Te hallaré en mis sueños? », ruega en silencio Marcos. Y la joven, antes de que el tren continúe hacia su destino, asiente con una sonrisa.

viernes, 17 de abril de 2015

El libro de las historias fingidas


Poco de lo que diga sobre Pedro P. de Andrés os va a sorprender porque,  aunque voy a referirme a su faceta literaria, no podemos olvidar que, Literatura y vida siempre van unidas y que, como dijo Aristóteles, al fin y al cabo somos lo que hacemos.
Conocí a Pedro a través de la plataforma cultural Netwriters, de la que es uno de los participantes más activos. En esa red social literaria, además de foros y grupos temáticos en los que interactuar, se ofrece la posibilidad de participar en concursos semanales con los que aprender y crecer como escritores.  Cuando comencé a leer sus relatos en dichos certámenes, a pesar de que su narrativa me resultó,  al principio,  un tanto barroca, me atrajo poderosamente por sus imaginativas tramas, el uso tan original que hacía de algunas acepciones y, sobre todo, por sus asombrosos finales.
Cuando se comienza a escribir hay que dejar de lado la imagen romántica del escritor que decide iniciar una novela, se sienta ante una hoja en blanco y comienza su trabajo hasta terminar una historia, sólida y conmovedora, con la palabra fin, solo con la inspiración. Convertirse en escritor lleva tiempo. Pedro es consciente de que es un proceso particularmente largo y complicado, que requiere esfuerzo y constancia. Si hay algo que le caracteriza, además de una predisposición natural para la escritura, es su ansia de aprender y la falta de ego a la hora de admitir críticas y sugerencias. A base de revisar,  reescribir, y poner  todas sus herramientas en beneficio de lo que quiere contar, ha logrado un estilo ágil, directo y elegante, sin perder un ápice de su originalidad. Lo podréis comprobar cuando tengáis en vuestras manos «El libro de las historias fingidas».

Muchos de sus primeros textos están reunidos en este libro. Recuerdo que, cuando los recopiló para una posible publicación, comenzó a seleccionarlos según épocas, temas… pero no encontraba un marco que les diera sentido, hasta que un día me dijo, «y si…» Ese condicional, en él, siempre es el inicio de una búsqueda, de un nuevo itinerario literario que de cobijo a su inquietud constante. Inspirado en «Las mil y una noches» y en Sherezade, ese personaje que, en cierto modo, todos los escritores llevamos dentro, creó una historia que les dio unidad. Una ficción en la que descubrimos la trayectoria vital y literaria de un protagonista que se ve impelido, por una fuerza sobrenatural, a convertirse en escritor y que no deja de ser el reflejo de la del mismo autor y, por ende, de la de cualquiera que se acerque por primera vez a la escritura.
Os invito  a que toméis su mano y le acompañéis al interior de una sima del bosque, donde, según sus palabras, todo es posible y nada es lo que parece… Entre sus páginas hallaréis fantasía, magia y misterio, pero también realismo, porque Pedro no espera a que la musa aparezca y le encuentre trabajando, sino que sale a buscarla. Él sabe que la inspiración está en todas las partes y descubre la belleza, lo inusual, el humor…  el simbolismo de lo cotidiano.  Porque, al fin y al cabo, el Arte en general, y la Literatura en particular, no es sino la vida cotidiana cargada de sentido.




sábado, 28 de marzo de 2015

El hombre sin sentimientos


Georgina se despertó sobresaltada, con el malestar propio de quién acaba de salir de una pesadilla. Intentó levantarse, pero una cadena mantenía su pie sujeto a un camastro. Alterada y confusa, miró a su alrededor. La habitación era reducida, apenas iluminada por un pequeño tragaluz. El papel pintado se había resquebrajado y mostraba la pared desnuda y descolorida por el paso del tiempo. El único mueble que había en la estancia, aparte de la cama, era una vieja mecedora que se balanceaba lentamente. Crick, crack, crick… Se sentía aturdida. No sabía dónde estaba, ni comprendía cómo había llegado hasta allí. Temía que el terror le hiciera perder la perspectiva y se concedió unos instantes para ordenar sus ideas. Sus labios se contrajeron al apreciar un  sabor amargo en la boca y, de repente, lo recordó todo. La salida de la cafetería donde trabajaba como camarera, el camino hacia casa cruzando el parque, la silueta que la observaba desde la espesura, su intento de huida y el tacto de un pañuelo impregnado en cloroformo sobre su rostro.
Se escucharon unos pasos y Georgina se encogió sobre el colchón, abrazándose a sí misma. El pomo giró y la puerta se abrió con un lastimero chirrido. Un hombre, con un cuaderno en la mano, entró y se sentó en la mecedora. Tras mirarla con intensidad, sacó un carboncillo del bolsillo interior de la chaqueta y comenzó a dibujar. La luz que penetraba por la claraboya incidía sobre él, permitiendo a Georgina observar su fisonomía. Inmediatamente le vino a la mente su presencia, casi diaria, en una de las mesas del comedor. Evocó su modo de hablar monótono, sin matices afectivos y su mirada inquisitiva.
—Yo… yo te conozco —dijo Georgina, mientras sentía el corazón palpitando en sus sienes—. Déjame marchar, te lo suplico
Las lágrimas comenzaron a rodar por su semblante, mientras él, impasible, continuaba pintando sobre el papel. Todo a su alrededor parecía haberse detenido, excepto su mano que  se movía como si tuviera voluntad propia.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —gritó desesperada Georgina
El hombre, regresando de la concentración, se levantó como un resorte. En sus ojos brillaba una furia contenida. 
—Quiero comprender —dijo, lanzando la libreta al suelo, antes de salir de la habitación.
Georgina se estiró hasta lograr alcanzarlo. Como si cada lámina fuese un espejo, se vio retratada con diversos gestos: sonriente, pensativa, preocupada, triste o aterrada.

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El miedo de Georgina se amortiguó con el paso de los días. A través de las escuetas conversaciones que mantuvo con Arthur, así era como dijo llamarse el hombre, Georgina intuyó que padecía un trastorno que limitaba su capacidad para identificar y expresar emociones. Confusión de sentimientos que, además de impedirle mantener relaciones interpersonales, por falta de empatía, le llevaba a somatizar su estado emocional en dolor físico.
Entender cómo funcionaba la inteligencia emocional en los demás se había transformado en una obsesión para Arthur. Y en ese camino hacia la comprensión Georgina se había convertido en su ratón de laboratorio. Cada jornada, al anochecer, esbozaba sobre las cuartillas cada uno de sus gestos, ademanes y expresiones de su cuerpo. Pero, además,  necesitaba que Georgina le explicase cómo se sentía cuando estaba triste, alegre, preocupada… Ella era consciente de que su vida pendía de un hilo cada noche, pero también de que mientras tuviera una historia que contar, como Sherezade, vería amanecer un día más.
Esa dependencia que sentía por ella hizo que se sintiera fuerte y la animó a pensar que tal vez podría escapar. Ya no la ataba con la cadena e incluso la permitía abandonar el cuarto durante unas horas. Solo tenía que esperar el momento adecuado. Y en una de esas salidas, mientras Arthur se giró para atender una llamada de teléfono, Georgina cogió unas tijeras que había sobre la mesa y se las clavó en la espalda. Arthur se deslizó hacia el suelo, mientras sus pulmones hacían esfuerzos por llenarse. Su rostro se contrajo en un gesto de terror.
—¿Esto es miedo? —preguntó con ojos suplicantes.

Georgina no contestó.