domingo, 21 de julio de 2013

EL DIARIO DE NEPTUNO



















La lancha blindada se acerca a la orilla sorteando el oleaje. Stuart mira la foto de una mujer con un bebé en  brazos y la aprieta contra su corazón.
Se abre la compuerta y todos corren hacia la playa. Una lluvia de disparos les recibe desde las posiciones enemigas. Stuart siente un impacto seco y doloroso en el pecho. Cae y extiende la mano, cogiendo un puñado de arena. Tendido e inmóvil, deja que los granos se deslicen entre sus dedos, como segundos de un reloj natural.
Desde el mar, Neptuno observa la escena y escribe en su diario: “Normandía, verano de 1944. Han muerto más de medio millón de personas. Hoy las redes de pesca son humanas”

martes, 2 de julio de 2013

LA ESPERA






















Veintiséis días lentos, agónicos,  en el corredor de la muerte, con la desesperación de saberse inocente y sin posible defensa. El jurado falló en su contra. Su abogado fracasó al no poder demostrar que una serie de causalidades confluyeron en la muerte de  Dennis. Hoy, ante su última cena, Eric huye de su sentimiento de ira despojándose de la conciencia, poco a poco, hasta que no queda nada.

Tras la puerta, la Muerte, aséptica, espera la señal que le indique si ha de quedarse o pasar de largo, seguir otro camino. Mientras, el Tiempo, impasible, empuja las manecillas del reloj que hay frente a la celda.

Tic-tac, 8 horas.

Tic-tac, 7 horas.

Tic...

domingo, 16 de junio de 2013

MÁS ALLÁ DE LA VENTANA…



















Los ojos de Nahir sonríen bajo el burka. Esa cárcel de tela que ella ha transformado en su espacio íntimo, en el guardián de sus secretos. Pegado a su cuerpo, lleva un cuaderno que ha comprado con las monedas que ha escatimado a su marido en las compras. Nahir recuerda las palabras de su madre cuando le enseñaba a escribir por las noches. “La educación te hará libre, mi niña…” y juntas comenzaron a deletrear quimeras, a silabear ilusiones, a formular esperanzas. 

Pero todo cambió con la muerte prematura de su madre. Nahir se convirtió en una carga para su otro progenitor, sobre todo, tras la toma del país por los talibán, y no tardó en buscarle marido. Se llamaba Abass. Había sido reclutado, entre los muchos huérfanos de la guerra, desarraigados y belicosos, que moraban en los campos de refugiados de Pakistán, para convertirse en un “soldado de Dios”. Se educó en sus madrazas y pronto comenzó a destacar entre los guerreros de Alá. Nahir, lloró, imploró piedad a su padre para evitar el matrimonio. Pero todo fue en vano.

Solo Nahir sabe las veces que deseó quitarse la vida, pero por cobardía, o, quizás por llevarle la contraria a la realidad que se empeñada en desautorizarla, no lo hacía. Se calzaba, cada mañana, unos zapatos especiales para no hacer ruido, para no llamar la atención, y vivía en los sueños sin necesidad de vivir.

Sus días transcurrían en soledad, encerrada entre las paredes del hogar, del que solo salía para hacer las compras y para acudir, una vez a la semana, al hammam. Pero ni siquiera allí encontraba refugio y compañía. Cuando ella llegaba, la mayoría de las mujeres callaban, o murmuraban a su espalda, pues temían que ella, dada la posición de su marido, fuera una confidente. Tan solo Yamila se atrevía acercarse a ella.

Yamila era una mujer risueña y valiente. Había trabajado durante años, como doctora, en el hospital de la ciudad. Por culpa de las leyes dictadas por el nuevo régimen, en las que se prohibía trabajar a las mujeres, tuvo que dejar de ejercer su profesión. Pero eso nunca le impidió poner sus conocimientos a disposición de quienes los necesitaran. Y creó, junto a otras mujeres, una red clandestina que atendía a las mujeres sin recursos, dándoles apoyo económico y sanitario. Incluso comenzaron a impartir clases para que, al menos, aprendieran a leer y a escribir. Yamila ofreció a Nahir inscribirse a los cursillos, pero Nahir lo rechazó. No porque tuviera miedo de lo que pudiera ocurrirle, sino porque temía que pudiera escapársele alguna información delante de su marido y poner en peligro a Yamila. Si no sabía nada, nada podría contar. Sin embargo, cuando Nahir supo que estaba embarazada cambió de idea. Nunca hubiera deseado traer un niño a este mundo: cada noche rezaba para que no ocurriera. Pero ni siquiera la naturaleza la dejó elegir. Pensó en abortar, porque, además, en su fuero interno, sabía que sería una niña. Pero cuando sintió los primeros movimientos dentro de ella, no pudo hacerlo.

Hoy Nahir camina decidida, sin miedo, a tomar su primera clase. No sabe qué ocurrirá en el futuro. Pero es la primera vez que siente que hay un horizonte más allá de lo que le enseña la pequeña ventana de su burka.

Nahir acaricia su vientre. “La educación te hará libre, mi niña… velaré porque sea así”


RECORRIDO



 “Cigarra amiga, cantaré contigo
que la vida no es más que lo que aquí cantemos.”
 (Enrique Gracia) .........

Recorrido


Aprender de los que saben,
valorando, no admitiendo
su experiencia como dogma.

Caminar tras las quimeras
liberando la mente,
de miedo y desengaños

Navegar por los recuerdos,
atravesando, en silencio,
el espacio de la memoria

Para que el alma 
permanezca sujeta
a la esencia de la vida.


domingo, 26 de mayo de 2013

PURA MAGIA














“La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible.
 Y aprender las lecciones de ambos mundos.”
 (Paulo Coelho) .....................


Pura magia


“Tenéis que ordenar, de mayor a menor según su longitud, las siguientes medidas: trescientos sesenta hectómetros, veinticinco kilómetros…”
Oliver, ajeno a lo que la profesora Anderson escribe en la pizarra, mira por la ventana del colegio. Nunca le han gustado las matemáticas. A él lo que de verdad le gusta es leer, y, sobre todo, dibujar los personajes que habitan en los cuentos y en los libros de aventuras. Una figura que rebusca entre los contenedores de basura llama su atención. Es un hombre alto y desgarbado, con un extravagante traje y un gran sombrero de colores. De repente, el hombre mira directamente hacia la  ventana, se quita el sombrero y le saluda con una teatral inclinación del cuerpo.

El timbre señala el final de la clase y Oliver sale al patio donde ha quedado con sus amigos, Adele y Cory, para ir a jugar al parque. Al pasar junto a los contenedores busca la figura del extraño hombre, pero ya no está. No sabe qué es,  pero hay algo en él que le resulta familiar, como si le conociera de algo que no consigue recordar…
—El último que llegue a la fuente se la queda. —dice Cory, mientras sale corriendo.

El tiempo pasa deprisa cuando uno se divierte. Sin darse cuenta, entre risas y juegos, llega la hora de ir a casa para los tres amigos. Recogen las mochilas y se despiden hasta el día siguiente. Oliver no se ha vuelto a acordar del hombre hasta que le ve sentado en el porche de su casa. Por alguna razón, que no llega a comprender, no siente miedo al verle, solo ternura al percibir en su rostro una inmensa tristeza.
—Hola, Oliver. Te estaba esperando.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
—Hace  mucho tiempo que nos conocemos.
Oliver escruta su semblante, y de repente, como si estuviera sucediendo en ese momento, se ve a sí mismo, pero mucho más pequeño y en brazos de su madre, mirando absorto el dibujo de un cuento que ella le estaba leyendo.
— ¡¿El Sombrerero Loco?!
—Alto, alto, jovencito. Mi amigo Lewis nunca se refirió a mí de ese modo. Si lees la crónica original que escribió tras su viaje, lo comprobarás.  Puedo ser excéntrico, insólito, extravagante, singular… pero loco, no.
—Perdona, yo… lo siento.
—No, Oliver, perdóname a mí. Es que soy un poco susceptible con ese tema… Como te decía antes, te estaba esperando porque necesito que me ayudes.
— ¿Ayudarte yo? ¿A qué?
—A buscar mi sombrero.
—Pe…pero si lo tienes puesto.
—No, (jajajaa) este no es mío, me lo he encontrado. El mío es una chistera. Sin ella no puedo regresar a mi país.
— ¿Al País de las Maravillas?
—Bueno… al de las Maravillas, o al de Nunca Jamás, o al de Oz… Llámalo como quieras, solo son distintas percepciones de una misma realidad: el mundo de los sueños y la fantasía.
— ¿Y esa chistera es mágica?
—No, Oliver. Los objetos inanimados no son mágicos. La magia está en el Universo, en la Naturaleza… en ti.
— ¿En mí?
—Claro, vamos a comprobarlo. Junta las dos manos y coge todo el aire que puedas. Ahora, —dijo el sombrerero sacando una copa de cristal de su bolsillo—, mételo dentro de la copa y acércatela al oído. ¿Qué oyes?
— ¡El mar…!
Si... y no. Lo que se escucha solo son ondas sonoras, Oliver. Pero tú, añadiendo imaginación y recuerdos, las has convertido en olas de mar.
— ¿Y entonces… para qué necesitas la chistera?
—Porque es parte de mí, de mi esencia… Y aunque nuestros mundos comparten la misma dimensión, no podemos existir en los dos. ¿Comprendes?
—Puedes quedarte aquí.
—No, Oliver, mi hogar está allí.
—Lo entiendo… Te ayudaré. ¿Cómo la perdiste?
—Una ráfaga de aire se la llevó. La he buscado por las calles, en la basura…
— ¿Has mirado en el parque? Mis amigos y yo jugamos allí con las cometas cuando hace viento. Se forman unos remolinos muy divertidos, sobre todo, en la esquina que hay junto a la rosaleda.
—No, ahí no.
—Espera… Le aviso a mi madre de que me marcho, para que no se preocupe,  y te acompaño.

Cuando Oliver sale, el Sombrerero no está. Cabizbajo entra de nuevo en casa y sube a su habitación. No entiende por qué no ha querido que le acompañase. Sobre la  cama ve un gran sombrero de colores y una nota.


Nunca me han gustado las despedidas. Es mejor hacerlo así, calladamente, con una sonrisa. Quizás nuestros caminos se vuelvan a cruzar.  Pero hasta entonces, recuerda siempre que la magia, la verdadera magia, está en lograr hacer de lo cotidiano algo extraordinario. Y tú sabes cómo hacerlo.

Pd. Te regalo el sombrero, a mí ya no me hace falta.


lunes, 29 de abril de 2013

LA NIEBLA
























“…las alegrías y las tristezas vienen embozadas de una inmensa niebla 
de pequeños incidentes. La vida es eso, la niebla”
(Miguel de Unamuno)


La niebla


Isabel se coloca las últimas horquillas con las que sujetarse el pelo sobre la nuca. Se mira al espejo, “Cuando se es joven hay que prepararse para gustar, a mi edad… para no desagradar…”, piensa mientras su reflejo le devuelve una sonrisa de aprobación. Coge un abrigo, un bolso y sale, como cada día que el tiempo lo permite, a dar una vuelta y desayunar en alguna cafetería.
Isabel camina sosegadamente por el paseo que hay  junto al Nervión, admirando el reflejo de los edificios de una ciudad, Bilbao, que hasta hace años ha vivido de espaldas a la ría, pero que, ahora, se contempla orgullosa en sus aguas. Son las 10:30 cuando entra en un bar, se sienta en una de las mesas y pide al camarero un café con leche y el periódico. Isabel adora el aroma del café confundido con el de la tinta... Siempre le ha parecido que en ese ritual, tan personal e íntimo, incluso las peores noticias pierden parte de su amargor. Coge la taza humeante mientras pasa las páginas del diario, lentamente, disfrutando del momento, hasta que llega a las necrológicas y una de ellas llama su atención.  

JUAN DE ARZUA SANTAOLALLA
Falleció en Bilbao, a los 93 años de edad. Su familia y amigos ruegan una oración por su 
alma.

Su mirada se escapa por encima de las páginas hacia los grandes ventanales del bar. El contorno de los edificios, calles, árboles… parece diluirse, como si retrocediera en el tiempo hasta el año 1905. Año en el que, siendo ella niña, llegó a Bilbao junto a su madre, viuda, con las maletas llenas de ilusiones y los bolsillos vacíos. Isabel recuerda el bullicio de la ciudad, en plena efervescencia por la prosperidad que había traído a la capital la apertura de los Altos Hornos, y  la alegría de su madre, cargada de sueños, por el futuro que auguraba para ambas.  Pero todos sus sueños retrocedieron, uno tras otro, antes de llegar a ninguna parte. Gentes venidas de las provincias limítrofes deambulaban en busca de un trabajo y, para una mujer sin estudios y con una hija pequeña a la que atender, era casi imposible conseguirlo. Con los pocos ahorros que tenía alquilaron una habitación en el casco viejo de la villa. Fue la dueña de la pensión, doña Margarita, la que le indicó a su madre que acudiera al puerto y preguntara por un tal Juan de Arzua, capataz del muelle y encargado de contratar a las sirgueras.

Los ojos de Isabel comienzan a humedecerse al recordar la imagen, durante tanto tiempo repetida, de su madre junto a otras mujeres arrastrando, a veces contracorriente,  las gabarras por la margen derecha de la ría con una cuerda ceñida a su cuerpo. Y es que, por entonces,  los barcos de cierto calado no podían pasar de Olabeaga, un barrio del extrarradio de la ciudad, por lo que era necesario trasladar las mercancías en barcazas desde ese punto hasta los muelles donde estaban situados los almacenes. Era trabajo más apropiado para bueyes que para mujeres, pero justificado, como un mal menor y necesario,  para la prosperidad del comercio.

“Juan de Arzua… Se ruega una oración por su alma…”  Isabel recuerda el olor a tabaco que impregnaba sus ropas y el humo que envolvía su silueta, en una especie de  halo enrarecido. Siempre con un puro en la mano, encendido, incandescente, lanzando miradas desde lo alto del muelle a las mujeres jóvenes. Cuantas se llevaron la inconsciente señal de su quemadura en la piel… Incapaz  de contener las lágrimas, Isabel, Llora por todas ellas, que solo fueron una anotación borrosa, a pie de página,  del libro de la Historia.

El dolor hace que Isabel vuelva al presente. Una espesa niebla comienza a descender sobre Bilbao, como si todo el humo acumulado en sus recuerdos, concentrado en un rincón de su memoria, de repente se hubiera liberado.

La niebla densa, el humo del tabaco.

domingo, 7 de abril de 2013

ATADO AL RECUERDO














“Dibujé el itinerario
hacia mi lugar al viento.
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.”
……………………. (Alejandra Pizarnik)



Atado al recuerdo


Mario mira desde la ventana de su habitación a un grupo de niños que juegan en el parque. 
 —Hola, cariño, te traigo la merienda. Pero… ¿por qué estás tan triste?
—Hola mamá… Es que mis amigos ya no vienen a jugar conmigo...
La madre sonríe a su hijo mientras acaricia su mejilla, cubierta con barba incipiente. Mario no comprende que sus amigos hace veinte años que dejaron de jugar.