viernes, 21 de febrero de 2014

CORAZÓN CALLADO Y PARADO EN EL TIEMPO


















En la película de la vida el Hombre crea constantemente nuevos decorados. A veces con la palabra, otras con la imagen y algunas  simplemente con el silencio.

El cine antiguo estaba lleno de secuencias calladas. Y, a veces, un fotograma se queda quieto en la memoria. Son el tiempo y la perspectiva los que crean las historias. Aquí el fin está grabado. Y parece cosa del pasado. ¿Marionetas, seres humanos? Seguramente la mirada nos hace sonreír ante la necesidad de que el decorado vuelva a sentirse vivo.
Es lo que sucede al mirar. Que incluso las estatuas o los figurines parecen tener algo de corazón. Aunque parezcan haberse detenido en otra época.





sábado, 1 de febrero de 2014

UNDERGROUND RAILROAD*


El sol comienza a descender sobre las suaves colinas que  rodean la plantación. Finaliza otro día interminable de trabajo, en el que el calor sofocante, la tortura, el dolor y el pánico lo inundan todo.
En el porche de la vieja cabaña que hay junto al río, mamá Harriet se mece al son de los acordes de la canción que los esclavos cantan alrededor del fuego. Swing low, sweet chariot, coming for to carry me home… Sus labios perfilan una sonrisa que desmiente la tristeza que hay en su mirada. « Dulce carromato, ven para llevarme a casa… ». Sus manos se estremecen al abrir la caja de latón que tiene en su regazo. Con mucho cuidado, saca de su interior una pluma blanca y la acaricia mientras retrocede en el tiempo. Se ve a ella misma, abrazada a su madre, a bordo del barco que las trajo a América tras ser capturadas en las inmediaciones de su aldea. Hacinamiento, hambre, suciedad, gritos, miedo, llanto… dolor. Harriet niega con la cabeza para intentar desechar esos recuerdos. «Hoy no… Que nada enturbie la esperanza de este día. Mi tiempo se agota, pero no el de ellos».
—Abuelita… —Aretha sale de la casa como un vendaval y se lanza hacia sus brazos.
—Papá me ha dicho que esta noche nos vamos de viaje a un sitio maravilloso, con grandes montañas y muchos árboles. ¿Y sabes qué más? Me ha contado que en invierno caen unos pequeños cristales del cielo cubriéndolo todo de blanco. Vamos, abuelita, tenemos que recoger nuestras cosas.
—No, cariño. Yo no puedo ir… Soy muy mayor y mis piernas apenas me sostienen.
—Pero yo no quiero irme sin ti…
—No te preocupes, pequeña, yo estaré siempre a tu lado. Mira, ¿ves esta pluma? Hace años yo también hice un viaje muy largo. Y como tú estaba triste y asustada… Pero entonces mi madre recogió del suelo esta pluma y me contó que hay mujeres especiales, guardianas de sueños, que los depositan en las alas de los pájaros para que lleguen a sus legítimos dueños. Ahora es para ti. Cada vez que me necesites acaríciala. Su roce te acercará a mí y te recordará que siempre habrá un sueño esperándote en algún lugar.
Sam, el hijo mayor de Harriet y padre de Aretha, contempla la escena desde la puerta, sin poder evitar que las lágrimas rueden por su rostro. Se las limpia con el dorso de la mano para que su hija no las vea.
—Aretha, ve a ayudar a tu madre a preparar el equipaje. Mamá Harriet, el pasaje para el ferrocarril subterráneo que nos llevará a Canadá está preparado. El maquinista nos esperará en el claro de bosque que hay tras la casa del amo.
— ¿Canadá? Pero yo… pensé que el destino era Boston.
—La situación ha cambiado, mamá Harriet. El jefe de estación me ha dicho que el gobierno federal ha aprobado una ley, «Ley del esclavo fugitivo», que ordena a todos ciudadanos y autoridades a capturar y devolver los esclavos fugados. Incluso en los estados del Norte donde la esclavitud ha sido abolida. Pero no te preocupes, llevaré a nuestra familia hasta la Gran estación central y regresaré a por ti.
—No Sam… el amo pondrá todos los medios para recuperaros, ni dudará en pagar una recompensa. No des ni un solo paso hacia atrás… ni siquiera por mí. Prométeme que los llevarás hacia la libertad.

*****

Las campanas de la catedral de S. Michael despiertan a Aretha que lleva días postrada en la cama. A sus noventa y cinco años, su cuerpo apenas la sostiene, siente que su final está próximo. Su nieta Angelina lee un cuento sentada en la silla que hay junto al lecho.
—Angelina, abre las ventanas. Deja que entre el sonido de las campanas.
—Abuela, ¿por qué te gusta tanto escucharlas?
—Porque su tañido fue lo primero que escuché al llegar a Toronto desde Luisiana. Son campanas de Libertad… Cariño, acércame esa caja de latón que hay sobre la chimenea. Ábrela y saca lo que hay dentro.
—¿Una pluma?

—Sí, pero es especial. Esta pluma me la dio mi abuela,  y a ella su madre… Y ahora, quiero que sea para ti. Ven, siéntate a mi lado, te contaré su historia. Cuando mi abuela Harriet estaba a bordo del barco que la trajo de África… 






* No había raíles, ni máquinas de vapor, ni era necesario quemar carbón para desplazarse. El ferrocarril subterráneo (underground railroad) fue una red clandestina, cuyo objetivo era ayudar a los negros que huían de los estados del Sur hacia los libres del Norte. Usaban términos ferroviarios como código para evitar despertar sospechas entre los esclavistas. También las canciones desempeñaron un papel primordial. La palabra zapatos, ruedas… carro significaba que alguien estaba preparado para huir. 

domingo, 19 de enero de 2014

PÁGINAS VIVAS




















La calle San Francisco ofrece al anochecer un panorama tenso e intimidante. Sin embargo Ane es feliz viviendo en ella. Prostitución, violencia, drogas... son conceptos  adosados al asfalto del lugar. Allí, sin moverse, entre el particular paisaje humano del barrio, sonríe a Sandokan que, recién llegado de Borneo, cansado de viajes, regenta el bazar de la esquina. También puede ver a Robinson Crusoe y Viernes que doblan la esquina conversando en un idioma ininteligible.

Ane no tiene que dejar volar la imaginación para encontrar a los personajes que, hasta hace poco, solo existían en sus libros. En su calle, en la que diecinueve cámaras vigilan los movimientos de sus habitantes, ha encontrado la realidad de la Literatura.

sábado, 4 de enero de 2014

LA DAMA DE NEGRO


Urian coge una cerveza de la nevera, la vierte en una copa y se sienta en la terraza de su pequeño apartamento. En la calle, sosegada y sin turistas, los últimos vendedores ambulantes recogen sus enseres devolviendo la paz al barrio. Bebe un sorbo mientras se recuesta en la silla y observa cómo cae el sol sobre la Acrópolis, matizando de rojo las piedras que parecen cobrar vida.

Recuerda los paseos dominicales con su abuelo y las historias que le contaba. “Urian…, le decía muy serio mientras caminaban junto al teatro de Dionisios, aquí Aristófanes, Sófocles… representaron sus obras en los concursos de teatro anuales. Fíjate en esa estatua que parece sujetar el escenario es…” Y entonces comenzaba a relatar una leyenda  sobre un sátiro,  una ninfa… o cualquier otro personaje mitológico.
Evoca lo diminuto que se sentía al pasar por la puerta Beulé,  la emoción que le embargaba al ver el Partenón, el sueño de la perfección como lo llamaba su abuelo y, sobre todo, la agitación  que se producía en su interior a medida que se acercaban al Erecteón. “¿Ves ese agujero que hay en la techumbre del templo? Lo hizo Poseidón con su tridente. Mira dónde se clavó… De allí manó el agua salada. Ven, vamos a descansar junto a…” La excursión siempre terminaba de la misma manera: ambos sentados bajo el Olivo Sagrado. Aquel que, según la tradición, hizo germinar Atenea, logrando que, de ese modo, la ciudad quedara bajo su protección y no bajo la de Poseidón. Desde entonces, cada vez que se acerca al árbol, percibe una presencia benéfica, una fuerza sutil, cuyo origen no sabe precisar, que le provoca toda clase de sensaciones, como si ansiara trascender los límites de la realidad.
Levanta la copa hacia la Acrópolis, recuperando el antiguo rito de brindar por los dioses y por los muertos. “Ya no cruzaré tus puertas como un visitante más… me adentraré en tus misterios.” Y sonríe al pensar en la suerte que ha tenido. Gracias a una subvención, gestionada por el Doctor Papadimitriou, su profesor de arqueología en la Universidad y conservador del Museo de la Acrópolis, comenzará a trabajar, como becario, en el departamento de educación del museo.  

Suena el despertador. Urian se levanta, se viste y camina hacia la Acrópolis. El guardia de la entrada le impide el paso. Tras enseñar su acreditación, le deja pasar. “Si el abuelo pudiera verme en estos momentos…” Urian contempla las piedras y su geometría sagrada, donde la sabiduría y los elementos encriptados resuenan por todas partes.
Una fugaz figura cruza su campo de visión. Urian enfoca mejor y ve a una mujer vestida con un delicado peplo negro. El cordón dorado que ajusta la túnica, realza sus armoniosas formas. Es tan hermosa…
—Uriaaaaaaaaaaan.
Urian se gira y ve al Doctor Papadimitriou que le hace un gesto para que se acerque.
—Buenos días, Doctor.
—Buenos días. ¿Preparado para conocer a los compañeros? ¿Te encuentras bien? Te noto un poco turbado.
—Es que he visto allí —dice girando la cabeza hacia el lugar indicado— una…
Pero ella ya no está.
— ¿Una qué?
—No… nada... Habrá sido solo un juego de sombras.

La actividad en el Museo de la Acrópolis es frenética, sobre todo con la cercanía del verano. A pesar de que han pasado más de tres años desde que se inauguró el nuevo edificio, todavía queda mucho que inventariar en el almacén del antiguo. Allí, Urian selecciona las piezas, investiga sobre ellas y las documenta para su posterior traslado al nuevo edificio.
—Urian, te he traído un café de la máquina —le dice Helena, su compañera de departamento—. ¿Por qué no descansas un poco? Vete a dar un paseo, que te dé un poco el aire. Ya continúo yo.
Urian sonríe, coge el café y sale del edificio hacia el mirador que hay junto al Partenón. Se sorprende al ver allí a la mujer de negro que, con un elegante gesto, le anima a acercarse y sentarse a su lado. Urian se aproxima a ella  y la observa sin poder articular ninguna palabra.
— Vista desde aquí, la ciudad de Atenas siempre me ha parecido más triste y solitaria. —dice la mujer con una dulce voz—.  Como si estuviera ajena al caos que se vive en la mayoría de sus calles. 
— ¿Quién eres?
—Pandora. —dice mientras le muestra un estuche plateado que tiene en su regazo.
— ¿Acaso te estás riendo de mí? Pandora no existe, es solo un mito.
—Todos los mitos tienen algo de realidad, forman parte de la condición humana…
— ¿Y qué hay de verdad en el tuyo?
—Es verdad que abrí la caja que se me encomendó guardar, pero no fui yo quien trajo la desgracia a la humanidad. Dentro del cofre, en realidad, había bienes y males. Y fue Zeus el que sustrajo las cosas buenas, llevándoselas a la mansión de los dioses, dejando las desdichas como castigo y ejemplo para Prometeo y, por ende, para todos los hombres. Desde entonces estoy aquí. ¿Qué madre abandonaría  a sus hijos a su destino? No olvides que, aunque nací de una conspiración divina, también soy la primera mujer que pobló la Tierra. Sois parte de mi linaje y he estado pendiente de vuestra evolución, pero como debe hacerlo una madre, desde la distancia. Dejando que corráis riesgos, que aprendáis de los errores… y alentándoos a que tengáis fe en vosotros mismos y persigáis vuestros sueños individuales y colectivos.
—Entonces… ¿Tengo que creer que ahí —dice Urian señalando el cofre— tienes guardada la Esperanza?
—Sí, —dice Pandora mientras abre el cofre y le muestra el interior— aunque cada vez está más debilitada. Corren malos tiempos…
Urian mira dentro y ve, acurrucado en una esquina, un pequeño pájaro, similar a un gorrión, que apenas puede sostenerse.
De repente,  se escucha una pequeña explosión en el centro de la ciudad. Ambos miran la columna de humo que se eleva hacia el cielo. Otra jornada de manifestaciones, inicialmente pacíficas, que acaban en altercados. ¿Qué más se puede perder cuando se ha perdido todo?
El pajarillo comienza a temblar.


martes, 31 de diciembre de 2013

PAPEL MOJADO
















María lee su viejo diario mientras se resguarda de la tormenta de verano que descarga con fuerza. Al llegar al final, mira las hojas que dejó en blanco, una por sueño. Hojas que esperaba que llenara el paso del tiempo. Pero continúan intactas. Se fija en un pequeño riachuelo que comienza a formarse en la acera y que llega hasta una cercana alcantarilla. De pronto, arranca las hojas y hace unos barquitos de papel. Sale a la calle y los pone en la corriente que marcha hacia la cascada del pequeño abismo.

Ahora observa como sus sueños, solo papel mojado, se hunden y no alcanzan su destino. Se estrellan, incluso en este pequeño viaje, contra una barrera infranqueable: la realidad.

domingo, 15 de diciembre de 2013

EL OSCURO BORDE DE LA LUZ














«Se puede tener, en lo más profundo del alma, un corazón cálido, 
y sin embargo, puede ser que nadie acuda a él» .
(Vincent Van Gogh)...................


El oscuro borde de la luz


Ane mira el paisaje que tiene frente a ella. Tres caminos rojos se abren paso en un campo de trigo que se mece con el viento. Primero, lentamente, después con fuerza.  Ane presta atención al sonido del viento,  al susurro que produce el roce de las espigas. Siempre ha sentido una fascinación especial por los paisajes sonoros, por esa voz de la naturaleza, como ella la llama, que le ayuda a percibir la vida a través de los sentidos. De repente, una bandada de cuervos se eleva sobre el trigal. Revolotean, se buscan y entrecruzan sus alas para enfrentarse a la tormenta que se dibuja en el horizonte. Un escalofrío recorre su cuerpo mientras observa cómo se alejan. Piensa, al verles mezclarse con las sombras del firmamento, que son el símbolo tenebroso de un destino del que nadie, a veces, puede escapar. Saca de su bolso el  cuaderno y la caja de lápices de colores que siempre lleva consigo y comienza a dibujar la escena.
—No, así no… en la naturaleza no hay líneas.
Ane estaba tan abstraída, que se sobresalta al escuchar la voz y se le cae el cuaderno. Se gira y ve a un hombre pelirrojo, de unos treinta cinco o cuarenta años, fuerte, de anchas espaldas, que viste un guardapolvo gris y un gran sombrero. «No es posible se parece…» Ane mira con disimulo la oreja izquierda del hombre. «Una cosa es desear parecerse a personajes que admiramos, vestir como ellos, imitar sus gestos… pero llegar, incluso, a cortarse el lóbulo para parecerse a él… No, es imposible…»
 El extraño se agacha a recoger el cuaderno y se lo da a Ane con una sonrisa.
—Perdón, siento haberte asustado. Me llamo Vincent… —le dice el hombre ofreciéndole la mano.
«Vincent… Claro, no podía ser de otro modo».  Ane duda, no sabe cómo reaccionar. Primero piensa en salir corriendo, pero luego mira sus ojos y no encuentra en ellos ningún rastro de locura, solo una inmensa tristeza y soledad. No sabe  la razón pero aquel hombre no le inspira temor.
—Hola, —dice mientras acepta la mano tendida— mi nombre es Ane.
—Es un paisaje fascinante, ¿verdad?
—Sí, por eso quería retenerlo.
— ¿Retenerlo? No…  lo que estabas haciendo era copiarlo, convertirlo en una imagen estática. No tienes que delinear los contornos de las cosas, tienes que buscar su luz, el movimiento de la quietud. Debes romper sus límites, sus bordes, penetrar dentro de ellas… que tomen cuerpo y volumen dentro de ti, para, después, atravesar ese muro invisible que existe entre lo que sientes y lo que ves.
—Pero antes necesito un bosquejo, un marco de referencia para no perder la información.
—No, no necesitas detalles específicos, ni referencias. Solo debes pintar lo que hay dentro de las cosas, la sensación que producen… que sea tu alma la que plasme las formas y los colores. Así  lograrás expresar tus emociones aunque pintes la más negra de las noches. Ven, demos un paseo, quiero enseñarte algo.
Caminan juntos hasta que llegan a un mirador desde donde se divisa un paisaje nocturno. Lo primero que llama la atención de Ane es la silueta de unos cipreses que se eleva hacia el cielo como una llamarada vegetal. Al fondo ve la silueta de un pueblo con la larga aguja de la torre de la iglesia presidiendo el conjunto. La línea del horizonte está baja, dándole protagonismo al cielo y a la luz que irradian las estrellas y una extraña  luna en cuarto menguante.
— ¿Dónde estamos?
— En mis sueños. Lo que ves es mi interior, mi mirada, expresada en luz y color. Cada pincelada es un pensamiento, una emoción, que rompe la barrera que nos separa y llega hasta ti.  Sueña las pinturas, Ane,  y luego pinta. Busca dentro de ti lo que crees que está fuera.

Ane siente unos toquecitos en su hombro.
—Perdón, señorita, es hora de cerrar el museo.
Mira por última vez el cuadro. «Esta escena es tu carta de despedida. No sé cuál de los tres senderos elegiste. Quizás el del centro que se pierde entre el trigo y se adentra en la pintura. Solo espero que al final encontraras la luz que tanto buscabas, aunque fuera a través de la muerte…»





martes, 19 de noviembre de 2013

ROSA

















Rosa era un ser especial. Jamás, desde que el destino me puso en su camino, escuché de su boca una mala palabra, ni la vi un mal gesto. Ni siquiera cuando los transeúntes daban una patada a su platillo o la miraban con desprecio. «No te enfades con ellos, compañero», me decía mientras me acariciaba el pelo, «no saben que lo esencial es invisible a los ojos». Y continuaba su camino sonriendo, empujando su carrito en el que llevaba todas sus pertenencias.

Hoy, mientras me trasladaban a la perrera, vi como la ambulancia se llevaba su cuerpo. Rosa abandonó esté mundo de la misma manera que vivió, en silencio, con los ojos cerrados y el corazón abierto.