
Ojos azules de niña transparente.
Y rastros de un invierno
que no puede soñar.
Saira mira por la ventana desde un Kabul, envuelto en polvo y arena, que daña los ojos. Está sentada junto a su hija Arezo, de la que no se ha separado desde que ingresó en el hospital. La niña, por fin, se había quedado dormida, extenuada de tanto vomitar por culpa del gas que había inhalado en la escuela.
Saira acarició el cabello de su hija mientras Arezo repetía en sueños: "Estaba en clase cuando me pareció oler una flor..."
Arezo, mi pequeña niña, -dijo Saira desde el calabozo de tela en el que estaba encerrada- quise llamar a la esperanza con el nombre que elegí para ti. Has aprendido muy pronto que la vida no es justa, pero no te había advertido que, además, puede ser cruel. Tu único pecado es haber nacido mujer, y en este país las mujeres comen dolor y beben lágrimas. Quise que tuvieras el futuro que a mí se me negó. Rogué a la vida que te entregara tus sueños. ¿Qué puedo decirte ahora que sientes que el intento es frenado por la vida, o por la muerte...? Sólo que son las dos caras de una misma moneda.
Saira rompió a llorar por ella, por Arezo. Y por su rostro rodaron lágrimas que nadie verá.





