Berenice aprendió, a una edad temprana, que una mentira a tiempo era la
mejor estrategia para huir de las responsabilidades y obtener el placer
inmediato. Fue acumulando práctica, hasta graduarse, como la primera de su
promoción, en la Escuela Superior de Ciencias aplicadas para la hipocresía y el
engaño.
“Espejito, espejito, ¿quién es el centro
del Universo?”, preguntó, una vez más, Berenice. Pero
nadie respondió. A golpe de mentiras alejó cualquier rastro de comprensión que
hubiera a su alrededor. Se quedó sola en un laberinto de ficciones. Nadie le
advirtió que jugar a la ruleta rusa con la verdad era perder de antemano.
Y con la última mentira, que ni ella misma
creyó, se desintegró.