lunes, 30 de agosto de 2021

Cuenta atrás (Premio Bilbao Aste Nagusia 2020)



 

«Todas las cosas tienen vida propia

—pregonaba el gitano con áspero acento—,

Todo es cuestión de despertarles el ánima» 

(Cien años de soledad, Gabriel García Marquez)



Arantza permanecía sentada en el comedor, desde que se marchó el último cliente, hacía más de una hora. Suspiró, con un ligero velo de melancolía en la mirada, mientras observaba la pila de sábanas inmaculadas que había sobre la mesa. La casa le respondió con un silencio que pesaba demasiado. Nunca pensó que llegaría ese momento y sin embargo…

Durante tres generaciones, su familia había regentado la casa de huéspedes El Sol. Una pensión que, pese a su nombre, estaba situada en una de las calles más sombrías del Casco Viejo bilbaíno y que hoy, definitivamente, cerraba sus puertas. Y no porque el negocio fuera mal, muy al contrario. A medida que Bilbao se consolidaba como destino internacional, la cifra de pernoctaciones aumentaba. Pero eran solo eso, pernoctaciones: viajeros sin rostro, de una sola noche, dos a lo sumo, con un número de habitación por distintivo y maletas de diseño. O un bed and breakfast, como se decía ahora, que de familiar solo mantenía el café y las magdalenas del desayuno. Y ella añoraba el tiempo en el que los huéspedes pasaban largas temporadas, años incluso, compartiendo alegrías, penas, sueños o secretos, como una gran familia.

La música del teléfono se adueñó del espacio y reclamó su atención.

—¿Qué tal estás? ¿Quieres que vaya a ayudarte? —preguntó Iñaki, su compañero, con un tono de ansiedad que traspasaba el auricular.

—No —contestó con una mezcla de suavidad y firmeza— es algo que tengo que hacer yo sola.

—Vale, pero no te demores mucho. Dentro de un rato paso a buscarte para ir al txupinazo.

Arantza intentó sonreír, pero la mueca solo llegó a sus labios y se limitó a  despedirse con un «hasta luego». Tras colgar, cogió unas cuantas sábanas y se dirigió a uno de los cuartos. El sol del mediodía enviaba haces de luz que ponían de manifiesto el polvo en suspensión que empezaba a acumularse en la estancia. Comenzó a cubrir los muebles mientras dedicaba frases de gratitud a cada uno de los enseres, como le había enseñado la abuela Engrazi: «Todo lo que tiene nombre existe, mi niña, posee alma como las personas. Por eso, antes de despedirse de un objeto, hay que agradecerle los años de servicio que nos ha prestado.»

Sus manos se quedaron varadas a medio camino cuando procedía a tapar el espejo de la cómoda. Recorrió con la yema de los dedos el marco de madera sin dejar de contemplar su reflejo que, poco a poco, comenzó a desdibujarse, a distorsionarse, hasta que le devolvió la mirada de un atractivo joven. Era el Hombre del espejo, como le había apodado su hermano pequeño, por las horas que pasaba frente a la superficie brillante y gris, ensayando gestos mientras pronunciaba discursos ante un público inexistente.

De repente, el joven se giró. Arantza acechó sus movimientos en la imagen invertida del cristal. Le vio salir del cuarto para reunirse con otros huéspedes en el comedor. Allí  estaba Mauricio, el pintor, que, a falta de dinero algunos meses, pagaba con cuadros a sus padres. También la pareja de recién casados, Amaia y Jon, que se hospedaban, con derecho a cocina, hasta conseguir dinero para dar la entrada de un piso en propiedad. Y, por supuesto,  no podía faltar Mateo, el maestro de escuela, que daba clases particulares a su hermano para llegar a fin de mes. El recuerdo de ese día se despertó con toda claridad.

 

A sus trece años recién cumplidos, Arantza no comprendía, en toda su dimensión, los acontecimientos que se estaban desarrollando en el país. Sin embargo, percibía una inquietud inusual en casa, sobre todo entre los más jóvenes. En especial esa calurosa tarde, del verano de 1978, en la que llegaron agitados tras una comida con amigos. Después de preparar unos refrescos, se  congregaron en el comedor. Arantza, con gran curiosidad, les espiaba desde el dintel de la puerta.

—Tenemos la oportunidad de hacer algo positivo, de construir un comienzo tras los oscuros años de la dictadura —dijo Mateo mientras enderezaba su cuerpo, inconscientemente, adoptando una postura de fortaleza.

—Y de recuperar las señas de identidad de nuestro pueblo —añadió Jon, con una sonrisa de orgullo y satisfacción.

—¡A que no hay huevos…!  —espetó Mauricio.

—Ya estamos  —le amonestó Amaia, que no perdía ocasión de dejar patente su posición combativa frente al sexismo. Ya había tenido su dosis de ultrajes por ser mujer y no pensaba admitir ni uno más—.  Como siempre, reafirmando la virilidad a falta de argumentos.

—¿Pero qué dices, Amaia? —Mauricio emitió un suspiro breve y exasperado—. ¡Es solo una expresión!

—Expresiones que hay que erradicar del discurso cotidiano —advirtió Amaia mientras enfatizaba con las manos su alegato—, porque constituyen un detonante de comportamientos de riesgo.

—A ver, chicos, calma. No es momento de iniciar ese debate, por muy interesante y necesario que sea  —terció el Hombre del espejo, reclamando su atención con la mano levantada—. Además —añadió mientras miraba a Amaia, solicitando su comprensión—, aunque Mauricio no ha estado acertado con las palabras, en cierto modo, no le falta razón. Nos encontramos ante un reto: buscar una nueva imagen para el cambio que se avecina. Y el factor tiempo es determinante, porque solo disponemos de cinco días. La pregunta es, ¿aceptamos el desafío sí o no?

Semblantes concentrados, ceños fruncidos, incluso algún que otro movimiento  negativo de cabeza. Sus mentes divagaban en una  espiral de ideas que no se definían en  nada concreto.

—Creo que necesitamos ayuda—musitó Mauricio mientras esbozaba una pequeña sonrisa—. Y sé quién es la persona idónea. ¿Confiáis en mí?

Mauricio, sin esperar respuesta de sus compañeros, que se miraban entre ellos sin comprender, salió de la estancia como una exhalación. «Mañana os cuento», le oyeron decir mientras cerraba la puerta de la casa.

 

A partir de esa noche, se iniciaron cinco jornadas de una actividad vertiginosa en el grupo. Arantza no sabía qué ocurría, porque guardaban silencio cada vez que ella se acercaba, pero quería participar. Así que, escondida en esquinas y portales, les seguía allá donde fueran. Pronto notaron la presencia de la pequeña espía. Lejos de reprochar su actitud,  la incitaron a continuar con gestos que parecían sospechosos para su ingenua percepción. Incluso provocaron encuentros en apariencia fortuitos. La noche del quinto día, cuando estaban descargando unos sacos de una furgoneta, su curiosidad se impuso a la prudencia. Abandonó la seguridad de su escondite y se acercó a los jóvenes.

—¿Qué es eso?  —preguntó Arantza mientras intentaba escudriñar, a través de la tela, el contenido de los fardos—. Huele a…

Sus palabras quedaron en suspenso al ver el gesto grave del Hombre del espejo.

—¿Pero qué haces aquí? Es de noche y tus padres estarán preocupados. —Su voz tenía un tono paternal, con la cariñosa firmeza de un padre que alecciona a sus hijos, pero que no admite replica—. Debes ir a casa.

Arantza titubeo durante un instante hasta que, finalmente, cabizbaja, tomó el camino de vuelta. Sentía resbalar las miradas de los jóvenes por su espalda. Se giró, buscando un gesto de arrepentimiento en sus ojos, un ademán que la invitara a regresar con ellos, pero su esperanza se desvaneció al verles marchar. Caminó despacio, sumida en una violenta tormenta de emociones: resentimiento, furia… pero, sobre todo, enfado consigo misma porque, a pesar de repasar mentalmente cada conversación, cada acto, de enumerar los objetos que les había visto comprar, no lograba vislumbrar qué estaban pergeñando.

Arantza les dedicó una mirada de reproche cuando regresaron, con una botella de champán que descorcharon en el salón. «Del pueblo y para el pueblo» corearon al unísono mientras chocaban las copas de cristal. Mateo quiso hacer partícipe a Arantza de la fiesta, incluso la invitó a tomar un sorbito de champán que ella rehusó.  Amaia se sentó junto a la adolescente, que cruzó los brazos, enfurruñada, dejando patente su enojo.

—Venga, Arantza, no te enfades. Te prometo que todas tus preguntas encontrarán respuesta mañana. Yo me encargo de que sea así.

Arantza le sostuvo la mirada durante unos instantes. Sus palabras parecían sinceras. Asintió en respuesta a sus propios pensamientos y esbozó una sonrisa indecisa. De repente, la celebración se rompió con una pregunta que, posiblemente, todos tenían en la cabeza. ¿Y si mañana no viene nadie? La adrenalina mudó en una aplastante sensación de cansancio.

 

Cuando despertaron, la conmoción emocional de la víspera se había disipado, dejando en su lugar cierta confianza. El cambio era inevitable. El creciente rumor de la ciudad lo confirmaba.

Jamás había visto Arantza tanta gente congregada en la plaza de Unamuno, a la espera de poder acceder a las Calzadas de Mallona, ni siquiera el día de la patrona.

—No te separes de mí —advirtió Amaia mientras se sumaban a la procesión hacia Begoña.

Cada peldaño multiplicaba por dos la excitación de Arantza, nunca sus 311 escalones le parecieron tan interminables.  La música las alcanzó en el último trecho, sin embargo, no las preparó para el estallido festivo que encontraron en la explanada de la Basílica. Cientos de rostros anchos, alegres. Miles  de cuerpos, que semejaban un organismo pluricelular, bailaban al ritmo de una canción. «Geuria da ta geuria da…» Los acordes se engancharon a sus ropas, tiraban de ellas hacia el centro de una danza, que parecía contener toda la esperanza desterrada durante años. Por fin alcanzaron el punto de encuentro con el resto del grupo. Se abrió un pasillo para dejar pasar a Arantza, que miraba a Amaia desconcertada. Amaia la empujó con suavidad, animándola a continuar.

Arantza notó que se le ponía la piel de gallina, al observar la figura de una gran mujer recortada contra el brillante cielo.

—Te presento a Marijaia —dijo Mateo, aproximándose a Arantza—. La Señora de las fiestas.

Arantza recorrió ávidamente las líneas del rostro, enmarcado por una maraña de pelo rubio y un pañuelo de brillante tono rosa. Se quedó varada, durante unos segundos, en la sensación de placidez que desprendían su sonrisa y sus mejillas sonrosadas. Un espíritu dulce palpitaba en el fondo de aquellos inmensos ojos azules. Inspiró con fuerza para aspirar la fragancia que, ahora sí, reconocía: hierba recién cortada.

Giró a su alrededor. Escudriñó cada recoveco, cada sinuosidad, incluso examinó las puntadas de los ropajes que cubrían a la gran muñeca. Levantó la falda para ver cómo era el armazón que la sostenía. Allí estaban todo los materiales que les había visto acarrear: el cartón, la madera, las alegres telas de colores.

Fascinada, se alejó un poco para tomar perspectiva. Había algo que no encajaba. «O que le falta…», se dijo así misma mientras salía corriendo hacia un jardín que había cerca. Pasmados por su reacción, sin saber muy bien a qué atenerse, la vieron regresar con una bonita rosa amarilla. Arantza les hizo señas para que la levantasen. Jon y Mauricio la auparon a sus hombros.

No alcanzaron a escuchar qué susurró Arantza al oído de Marijaia mientras prendía la flor en su cuello.

 

Un escalofrío recorrió la espalda de Arantza al sentir unas manos sobre sus hombros. Poco a poco, en el retorno hacia el presente, su visión se volvió nítida, restituyendo a los objetos su dimensión real. Se giró, enfrentándose a unos ojos que conocía muy bien.

—Mi querido Hombre del espejo…

—Sabes que no me gusta que me llames así —protestó Iñaki, con un mohín divertido, que contrastaba con su fingido enojo—. ¿Has terminado tu ritual de despedida?

—Hay tantos recuerdos… —musitó Arantza a la vez que miraba hacia abajo, en un intento de proyectar su abatimiento hacia el suelo.

—Pero no te estás despidiendo de ellos, sino de las cosas. Los recuerdos no precisan de un objeto para darles consistencia. —Elevó su barbilla con cariño—. Están en ti, aguardando a los que vamos a crear a partir de ahora. Así que prepárate. No querrás recordar este día como el primero en el que no diste la bienvenida a la Señora de las fiestas, ¿verdad?

 

Llegaron en el mismo instante en el que Marijaia apareció en el balcón del Arriaga.

—Todo lo que tiene nombre existe… Tiene alma… —gritó Arantza para que sus palabras se elevaran sobre el  fragor del gentío y llegasen hasta ella. 

 Algunos creerán que tan solo fue una sombra, otros, que un juego de la mente por la euforia, pero Arantza sabía que ese sutil movimiento de la comisura de los labios de Marijaia era el despertar de su ánima. 



 

martes, 24 de agosto de 2021

Rise of peace






















La niña llora desde el filo
de un muro
que oculta la mirada
al horizonte.

La madre observa 
su ascenso hacia la incertidumbre
mientras las manos,
ajenas al tacto de su hija,
capitulan ante la fatiga de vivir
bajo la bandera del terror
y la ignorancia.

(Aeropuerto de Kabul. Afganistan 2021)

Transparente


Ojos verdes de niña transparente.
Y rastros de un invierno
que no puede soñar.

Saira mira por la ventana desde un Kabul, envuelto en polvo y arena, que daña los ojos. Está sentada junto a su hija Arezo, de la que no se ha separado desde que ingresó en el hospital. La niña, por fin, se ha quedado dormida, extenuada de tanto vomitar por culpa del gas que había inhalado en la escuela.

Saira acaricia el cabello de su hija mientras Arezo repite en sueños: “Estaba en clase cuando me pareció oler una flor...”.
—Arezo, mi pequeña niña, —dice Saira desde el calabozo de tela en el que estaba encerrada— quise llamar a la esperanza con el nombre que elegí para ti. Has aprendido muy pronto que la vida no es justa, pero no te había advertido que, además, puede ser cruel. Tu único pecado es haber nacido mujer. Y en este país las mujeres comen dolor y beben lágrimas... Quise que tuvieras el futuro que a mí se me negó. Rogué a la vida que te entregara tus sueños. ¿Qué puedo decirte ahora que sientes que el intento es frenado por la vida, o por la muerte? Solo que son las dos caras de una misma moneda.

Saira rompe a llorar por ella, por Arezo. Y por su rostro ruedan lágrimas que nadie verá.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Un cuento sin fin


La niebla, perezosa, se quedaba prendida en las ramas más altas de los árboles mientras el sol, como un experto pintor, perfilaba el paisaje, coloreando cada hoja, cada flor… cada piedra que bordeaba el arroyo de aguas tranquilas y transparentes. Todo salvo un sendero en el que las ramas de los árboles se entrecruzaban y formaban una galería fresca y protegida del viento.
Allí, en lo más profundo del bosque, hacía muchos, muchos, años, se instalaron dos abejas, que, por razones que no vienen al cuento, fueron expulsadas de su colmena. Pero estas abejas no estuvieron mucho tiempo solas. Un día apareció una hormiga desorientada, dos días después, una araña que siempre se hacía una maraña con el hilo y al cabo de tres semanas,  un escarabajo preguntón.  
No había insecto, grande ni pequeño, que no fuera acogido en el grupo, porque entendían que esas diferencias —consideradas defectos en sus lugares de origen y fuente de burla en muchos casos— les convertían en seres especiales y con grandes cualidades para superar obstáculos. Y fue tal la fama que adquirió la amabilidad de sus integrantes, que llegaron insectos de los territorios más recónditos de la Tierra, creando una alegre aldea a la que pusieron el nombre de Prosperidad.

DIN, DON, DAN…

Las campanas del ayuntamiento comenzaron a sonar mientras se escuchaba la voz del alcalde que, a través de la megafonía,  invitaba a todos los vecinos de Prosperidad a estrenar el  nuevo día.
Lori, la abeja más pequeña de la colmena saltó de la cama, y en un tris tras, revoloteó sobre las cabezas de sus hermanas mayores, incitándolas a levantarse y creando un gran alboroto.

Por favor, Lori, déjame en paz —dijo una de ellas lanzándole la almohada.
—Cinco minutos más… —pidió otra somnolienta.
—Nooooo… Hoy  es el último día de clase y hay fiesta. ¿Os habéis olvidado? —replicó Lori excitada.
Al ver que sus hermanas no reaccionaban, Lori se encogió de hombros y bajó corriendo las escaleras. Cuando estaba a punto de abrir la puerta de la calle, sintió una mano sobre su hombro.
—¿A dónde crees que vas, jovencita?
—Maaaaami —exclamó Lori, lanzándose a los brazos de su madre—. Me voy corriendo al cole.
—¿Sin desayunar?
—Es que… no tengo hambre. Y no quiero llegar tarde.
Lori guardó silencio al ver el gesto severo de su madre y la siguió hasta la cocina.
—Un buen desayuno es importante para poder rendir en la jornada —advirtió su madre mientras Lori, a regañadientes, extendía miel en una rebanada de pan—.Y date prisa que han venido a buscarte. —añadió, señalando hacia el jardín que se veía tras la ventana.
Lori miró por el cristal y vio a Cecé, el saltamontes, que la esperaba impaciente, recorriendo de un extremo al otro la vereda. De un trago se bebió la leche y casi se atragantó al comer rápido la tostada. Su madre le dio unas palmaditas en la espalda para que se le pasara y, finalmente, con un sonoro beso, la dejó marchar.   
—Buenos días, Cecé.
—Hola, Lori. ¿Lista para ganar?
Lori y Cecé iban a participar en la carrera por parejas. Nadie quería correr con Cecé porque era un poco patoso. Pero eso a ella no le importaba, porque Cecé era su mejor amigo. 
—Claro… —respondió Lori, aunque no muy convencida.

Entraron en el colegio y se sentaron, junto a los demás alumnos, frente al escenario que había en el patio, al amparo de un gran magnolio que les daba sombra. Aplaudieron contentos ante la entrada de Marcus, el ciempiés malabarista. Si ya es fascinante observar las evoluciones de un malabarista normal, imaginaos lo que puede hacer uno con noventa y ocho manos. Era asombroso, casi hipnótico, ver centenares de pelotas de colores girando en el aire, sin que chocaran las unas con las otras.  Marcus aumentó la velocidad de los lanzamientos, hasta que se formó un arcoiris que, de repente, estalló en mil pedazos, transformándose en confetis de todos los colores: azul, rosa, violeta…
Tras la actuación de Marcus, salió a escena la araña Anacleta. ¿Recordáis la araña que siempre se hacía una maraña con el hilo? Pues Anacleta era su tátara, tátara, tataranieta y había heredado sus mismas facultades. No había manera de que tejiera una telaraña en condiciones. Sin embargo, bebiendo zumo de frambuesa obtenía un hilo rojo y brillante con el que hizo unas narices de payaso, que repartió entre los asistentes. Y comiendo pasteles, una enorme bola de algodón de azúcar, que hizo las delicias de los más golosos.


Cuando terminó el espectáculo, todos se dirigieron a la pista de atletismo, donde tendrían lugar las olimpiadas escolares, que constaban de tres pruebas: carrera de parejas, lanzamiento de peso y salto de vallas. Lori y Cecé se pusieron al lado de sus compañeros en la línea de salida. La maestra, con unos lazos, fue atando, de dos en dos, los tobillos de los participantes. Cuando comprobó que todas las parejas estaban unidas, levantó el brazo y…
—¡Ya!                                                                                 
Los competidores comenzaron a correr,  acompasando sus pasos para no tropezar. Lori y Cecé lo tenían un poco más complicado porque, como sabéis, los saltamontes se mueven dando saltos y es difícil seguir ese ritmo para una abeja de patitas cortas. Sin embargo, ellos tenían una estrategia preparada: Cecé daría un gran salto y Lori aprovecharía la fuerza del  impulso para volar lo más rápido posible. Así que, según lo acordado, Cecé se inclinó para dar un supermegasalto pero se pisó el cordón de las zapatillas y… ¡¡¡PATAPLAF!!! Cayó de bruces en un charco de barro.
 Lori desató la lazada que le unía a su amigo para comprobar que estaba bien. Suspiró aliviada al comprobar que no tenía ningún rasguño. Era su orgullo el que estaba más dañado. «Hemos perdido por mi culpa», repetía, una y otra vez, mientras se enjugaba las lágrimas. Lori tenía que idear algo para no verle así de triste. Y piensa que te piensa, de repente, comenzó a rodar por el barro sin dejar de agitar las piernas y los brazos.
—Mira, Cecé, soy una abeja de chocolate —dijo a la vez que lanzaba una bola de barro, que le dio en la barriga.
—Ahora verás…—amenazó Cecé, tirándose en plancha de nuevo al  charco.
Poco a poco, se unieron a ellos más y más compañeros. Las bolas de barro volaban de un lado para otro, en una guerra de lodo, divertida y sin heridos. Incluso los profesores, con Don Gil, el orondo y lirondo director a la cabeza, terminaron embarrados hasta las cejas, olvidando la carrera. ¿Qué importaba ganar o perder? En Prosperidad no había mayor triunfo que conseguir la sonrisa de un amigo.

Y colorín colorado, este cuento no acabará hasta que no lo hayáis  dibujado. 



lunes, 14 de agosto de 2017

En un pueblo de La Rioja, del que sí quiero acordarme...


Érase una vez un pequeño cuento, llamado Pura Magia,  que vivía en una antología junto a otros relatos. No se trataba de un libro conocido y, desde luego, nunca alcanzaría la categoría de best-seller, pero eso a él no le importaba. Se sentía orgulloso de formar parte de un proyecto que no solo le permitía tener  interesantes amigos, sino un lugar en el que guarecerse de la soledad y la intemperie. Sin embargo, a pesar de todo, en su fuero interno, no dejaba de crecer una extraña sensación de vacío al saberse destinado a ser leído solo por adultos. Ansiaba tanto sentir la ternura de las manos de los niños, despertar la curiosidad en sus miradas, escuchar sus risas blancas y  ligeras… Cada vez era más frecuente encontrarle con la nariz pegada al cristal de alguna librería o paseando entre los anaqueles de la sección infantil de cualquier biblioteca. Admiraba las brillantes cubiertas de los álbumes ilustrados, las exquisitas estampas que acompañaban cada plano narrativo, mientras sus sueños se deslizaban por encima de los libros y se confundían con el olor a tinta. Su mente se llenó de una maraña de dudas y cometió el error de equiparar belleza con virtud. 
Sintiéndose zafio e insignificante, comenzó a vagar por los márgenes del libro rehuyendo cualquier contacto o conversación. Sus compañeros le observaban con una mezcla de ternura y honda preocupación. «El talento cuenta más que la belleza», «Los cuentos no saben de cronologías. Tan necesario es estimular a los niños como despertar a los adultos», «Algún día, cuando menos te lo esperes, el Universo se pondrá en marcha para que veas cumplidos tus sueños», le decían para animarle. Pero él, perdido en sus propias inseguridades, se limitaba a encogerse de hombros y a sonreír, con un toque de amargura.


         Los días fueron pasando lentos, sin apenas dejar relieve en la memoria, hasta que una mañana de verano Diego, un antiguo maestro de escuela, se sentó a la sombra de un árbol a leer y se topó con su ficción. Como si quisiera invocar el poder mágico de las palabras, leyó el texto completo en voz alta. Los sonidos, mecidos por una brisa repentina, flotaron en el aire hasta enredarse en las copas de los árboles, mientras decenas de  imágenes caían en cascada por su cerebro. Y algo debió de despertar en Diego… O, tal vez, como habían vaticinado sus compañeros, el Cosmos comenzó a ponerse en marcha para cambiar el curso de los acontecimientos.

Diego, movido por un impulso, le propuso a Fátima, la bibliotecaria de Casalarreina, un bonito pueblo de La Rioja, presentar Pura Magia a los niños que se reunían en el ayuntamiento, una vez por semana, para escuchar a Diego contar fábulas y ficciones. Fátima no solo estuvo de acuerdo, sino que, con manos expertas, comenzó a confeccionar una brillante chistera para la sesión de Cuentacuentos.

 A Pura Magia le invadió una intensa sensación de irrealidad mientras cruzaba la plaza que le separaba del ayuntamiento. Caminó despacio, parándose a cada paso, como si su subconsciente quisiera dilatar el momento. ¿Y si no gustaba su mensaje? Negó con un enérgico movimiento de cabeza para disipar el último resquicio de desconfianza que albergaba y entró en el edificio. Un murmullo de voces emanaba de algún punto de la planta superior.
Siguiendo la estela del sonido subió la escalera hasta llegar al salón de plenos. Desde el dintel de la puerta, observó el nutrido grupo de niños y niñas que esperaban expectantes junto a sus padres y abuelos. La voz de Diego se impuso sobre los susurros que se fundieron en un respetuoso silencio, salvo por algunas risas infantiles.  Su mirada vagó de un rostro a otro, hasta alcanzar los cálidos ojos del maestro y sintió una inmensa gratitud.  Gracias a él, su historia se estaba convirtiendo en un puente maravilloso de comunicación entre mayores y niños. Algo que, ni siquiera en sus mejores sueños, se había atrevido a imaginar.

Sin embargo, a veces, ocurre que la realidad supera los límites de los deseos. Y un día,  de repente, Pura Magia comenzó a sentir el suave tacto del papel de seda, la rugosidad de la cartulina y el cosquilleo producido por las ceras de colores. Voces excitadas de niños, sonido de tijeras, aroma de pegamento… La adrenalina aceleró su  pulso y necesitó unos segundos para que su mente procesara todos los estímulos y sensaciones. Poco a poco sus ideas comenzaron a focalizarse: Fátima, con la creatividad y ayuda de los pequeños, había elaborado una nueva encuadernación para él. Quizás, la más hermosa que ningún cuento hubiera vestido jamás

martes, 30 de mayo de 2017

Poema de estantería






















No puedo olvidar tu rostro 
el desorden de tu nombre 
la tempestad 
en el silencio de los puntos suspensivos.
……………………………….. (Aster Navas)



jueves, 2 de marzo de 2017

Antología Anual de EnR 2016




Todos los años, la Asociación de escritores en red (EnR) publica, en papel, una antología con textos de los socios. 

En este enlace, podéis descargar gratuitamente el PDF con la selección de este año. Además de mi contribución: «El despertar de los sentidos», «Propósito y consecuencia», « En un pueblo de la Rioja del que si quiero…», encontrareis relatos y poemas de mis compañeros que son, os lo aseguro, grandes escritores y poetas.

No os defraudará.