domingo, 19 de enero de 2014

PÁGINAS VIVAS




















La calle San Francisco ofrece al anochecer un panorama tenso e intimidante. Sin embargo Ane es feliz viviendo en ella. Prostitución, violencia, drogas... son conceptos  adosados al asfalto del lugar. Allí, sin moverse, entre el particular paisaje humano del barrio, sonríe a Sandokan que, recién llegado de Borneo, cansado de viajes, regenta el bazar de la esquina. También puede ver a Robinson Crusoe y Viernes que doblan la esquina conversando en un idioma ininteligible.

Ane no tiene que dejar volar la imaginación para encontrar a los personajes que, hasta hace poco, solo existían en sus libros. En su calle, en la que diecinueve cámaras vigilan los movimientos de sus habitantes, ha encontrado la realidad de la Literatura.

sábado, 4 de enero de 2014

LA DAMA DE NEGRO


Urian coge una cerveza de la nevera, la vierte en una copa y se sienta en la terraza de su pequeño apartamento. En la calle, sosegada y sin turistas, los últimos vendedores ambulantes recogen sus enseres devolviendo la paz al barrio. Bebe un sorbo mientras se recuesta en la silla y observa cómo cae el sol sobre la Acrópolis, matizando de rojo las piedras que parecen cobrar vida.

Recuerda los paseos dominicales con su abuelo y las historias que le contaba. “Urian…, le decía muy serio mientras caminaban junto al teatro de Dionisios, aquí Aristófanes, Sófocles… representaron sus obras en los concursos de teatro anuales. Fíjate en esa estatua que parece sujetar el escenario es…” Y entonces comenzaba a relatar una leyenda  sobre un sátiro,  una ninfa… o cualquier otro personaje mitológico.
Evoca lo diminuto que se sentía al pasar por la puerta Beulé,  la emoción que le embargaba al ver el Partenón, el sueño de la perfección como lo llamaba su abuelo y, sobre todo, la agitación  que se producía en su interior a medida que se acercaban al Erecteón. “¿Ves ese agujero que hay en la techumbre del templo? Lo hizo Poseidón con su tridente. Mira dónde se clavó… De allí manó el agua salada. Ven, vamos a descansar junto a…” La excursión siempre terminaba de la misma manera: ambos sentados bajo el Olivo Sagrado. Aquel que, según la tradición, hizo germinar Atenea, logrando que, de ese modo, la ciudad quedara bajo su protección y no bajo la de Poseidón. Desde entonces, cada vez que se acerca al árbol, percibe una presencia benéfica, una fuerza sutil, cuyo origen no sabe precisar, que le provoca toda clase de sensaciones, como si ansiara trascender los límites de la realidad.
Levanta la copa hacia la Acrópolis, recuperando el antiguo rito de brindar por los dioses y por los muertos. “Ya no cruzaré tus puertas como un visitante más… me adentraré en tus misterios.” Y sonríe al pensar en la suerte que ha tenido. Gracias a una subvención, gestionada por el Doctor Papadimitriou, su profesor de arqueología en la Universidad y conservador del Museo de la Acrópolis, comenzará a trabajar, como becario, en el departamento de educación del museo.  

Suena el despertador. Urian se levanta, se viste y camina hacia la Acrópolis. El guardia de la entrada le impide el paso. Tras enseñar su acreditación, le deja pasar. “Si el abuelo pudiera verme en estos momentos…” Urian contempla las piedras y su geometría sagrada, donde la sabiduría y los elementos encriptados resuenan por todas partes.
Una fugaz figura cruza su campo de visión. Urian enfoca mejor y ve a una mujer vestida con un delicado peplo negro. El cordón dorado que ajusta la túnica, realza sus armoniosas formas. Es tan hermosa…
—Uriaaaaaaaaaaan.
Urian se gira y ve al Doctor Papadimitriou que le hace un gesto para que se acerque.
—Buenos días, Doctor.
—Buenos días. ¿Preparado para conocer a los compañeros? ¿Te encuentras bien? Te noto un poco turbado.
—Es que he visto allí —dice girando la cabeza hacia el lugar indicado— una…
Pero ella ya no está.
— ¿Una qué?
—No… nada... Habrá sido solo un juego de sombras.

La actividad en el Museo de la Acrópolis es frenética, sobre todo con la cercanía del verano. A pesar de que han pasado más de tres años desde que se inauguró el nuevo edificio, todavía queda mucho que inventariar en el almacén del antiguo. Allí, Urian selecciona las piezas, investiga sobre ellas y las documenta para su posterior traslado al nuevo edificio.
—Urian, te he traído un café de la máquina —le dice Helena, su compañera de departamento—. ¿Por qué no descansas un poco? Vete a dar un paseo, que te dé un poco el aire. Ya continúo yo.
Urian sonríe, coge el café y sale del edificio hacia el mirador que hay junto al Partenón. Se sorprende al ver allí a la mujer de negro que, con un elegante gesto, le anima a acercarse y sentarse a su lado. Urian se aproxima a ella  y la observa sin poder articular ninguna palabra.
— Vista desde aquí, la ciudad de Atenas siempre me ha parecido más triste y solitaria. —dice la mujer con una dulce voz—.  Como si estuviera ajena al caos que se vive en la mayoría de sus calles. 
— ¿Quién eres?
—Pandora. —dice mientras le muestra un estuche plateado que tiene en su regazo.
— ¿Acaso te estás riendo de mí? Pandora no existe, es solo un mito.
—Todos los mitos tienen algo de realidad, forman parte de la condición humana…
— ¿Y qué hay de verdad en el tuyo?
—Es verdad que abrí la caja que se me encomendó guardar, pero no fui yo quien trajo la desgracia a la humanidad. Dentro del cofre, en realidad, había bienes y males. Y fue Zeus el que sustrajo las cosas buenas, llevándoselas a la mansión de los dioses, dejando las desdichas como castigo y ejemplo para Prometeo y, por ende, para todos los hombres. Desde entonces estoy aquí. ¿Qué madre abandonaría  a sus hijos a su destino? No olvides que, aunque nací de una conspiración divina, también soy la primera mujer que pobló la Tierra. Sois parte de mi linaje y he estado pendiente de vuestra evolución, pero como debe hacerlo una madre, desde la distancia. Dejando que corráis riesgos, que aprendáis de los errores… y alentándoos a que tengáis fe en vosotros mismos y persigáis vuestros sueños individuales y colectivos.
—Entonces… ¿Tengo que creer que ahí —dice Urian señalando el cofre— tienes guardada la Esperanza?
—Sí, —dice Pandora mientras abre el cofre y le muestra el interior— aunque cada vez está más debilitada. Corren malos tiempos…
Urian mira dentro y ve, acurrucado en una esquina, un pequeño pájaro, similar a un gorrión, que apenas puede sostenerse.
De repente,  se escucha una pequeña explosión en el centro de la ciudad. Ambos miran la columna de humo que se eleva hacia el cielo. Otra jornada de manifestaciones, inicialmente pacíficas, que acaban en altercados. ¿Qué más se puede perder cuando se ha perdido todo?
El pajarillo comienza a temblar.


martes, 31 de diciembre de 2013

PAPEL MOJADO
















María lee su viejo diario mientras se resguarda de la tormenta de verano que descarga con fuerza. Al llegar al final, mira las hojas que dejó en blanco, una por sueño. Hojas que esperaba que llenara el paso del tiempo. Pero continúan intactas. Se fija en un pequeño riachuelo que comienza a formarse en la acera y que llega hasta una cercana alcantarilla. De pronto, arranca las hojas y hace unos barquitos de papel. Sale a la calle y los pone en la corriente que marcha hacia la cascada del pequeño abismo.

Ahora observa como sus sueños, solo papel mojado, se hunden y no alcanzan su destino. Se estrellan, incluso en este pequeño viaje, contra una barrera infranqueable: la realidad.

domingo, 15 de diciembre de 2013

EL OSCURO BORDE DE LA LUZ














«Se puede tener, en lo más profundo del alma, un corazón cálido, 
y sin embargo, puede ser que nadie acuda a él» .
(Vincent Van Gogh)...................


El oscuro borde de la luz


Ane mira el paisaje que tiene frente a ella. Tres caminos rojos se abren paso en un campo de trigo que se mece con el viento. Primero, lentamente, después con fuerza.  Ane presta atención al sonido del viento,  al susurro que produce el roce de las espigas. Siempre ha sentido una fascinación especial por los paisajes sonoros, por esa voz de la naturaleza, como ella la llama, que le ayuda a percibir la vida a través de los sentidos. De repente, una bandada de cuervos se eleva sobre el trigal. Revolotean, se buscan y entrecruzan sus alas para enfrentarse a la tormenta que se dibuja en el horizonte. Un escalofrío recorre su cuerpo mientras observa cómo se alejan. Piensa, al verles mezclarse con las sombras del firmamento, que son el símbolo tenebroso de un destino del que nadie, a veces, puede escapar. Saca de su bolso el  cuaderno y la caja de lápices de colores que siempre lleva consigo y comienza a dibujar la escena.
—No, así no… en la naturaleza no hay líneas.
Ane estaba tan abstraída, que se sobresalta al escuchar la voz y se le cae el cuaderno. Se gira y ve a un hombre pelirrojo, de unos treinta cinco o cuarenta años, fuerte, de anchas espaldas, que viste un guardapolvo gris y un gran sombrero. «No es posible se parece…» Ane mira con disimulo la oreja izquierda del hombre. «Una cosa es desear parecerse a personajes que admiramos, vestir como ellos, imitar sus gestos… pero llegar, incluso, a cortarse el lóbulo para parecerse a él… No, es imposible…»
 El extraño se agacha a recoger el cuaderno y se lo da a Ane con una sonrisa.
—Perdón, siento haberte asustado. Me llamo Vincent… —le dice el hombre ofreciéndole la mano.
«Vincent… Claro, no podía ser de otro modo».  Ane duda, no sabe cómo reaccionar. Primero piensa en salir corriendo, pero luego mira sus ojos y no encuentra en ellos ningún rastro de locura, solo una inmensa tristeza y soledad. No sabe  la razón pero aquel hombre no le inspira temor.
—Hola, —dice mientras acepta la mano tendida— mi nombre es Ane.
—Es un paisaje fascinante, ¿verdad?
—Sí, por eso quería retenerlo.
— ¿Retenerlo? No…  lo que estabas haciendo era copiarlo, convertirlo en una imagen estática. No tienes que delinear los contornos de las cosas, tienes que buscar su luz, el movimiento de la quietud. Debes romper sus límites, sus bordes, penetrar dentro de ellas… que tomen cuerpo y volumen dentro de ti, para, después, atravesar ese muro invisible que existe entre lo que sientes y lo que ves.
—Pero antes necesito un bosquejo, un marco de referencia para no perder la información.
—No, no necesitas detalles específicos, ni referencias. Solo debes pintar lo que hay dentro de las cosas, la sensación que producen… que sea tu alma la que plasme las formas y los colores. Así  lograrás expresar tus emociones aunque pintes la más negra de las noches. Ven, demos un paseo, quiero enseñarte algo.
Caminan juntos hasta que llegan a un mirador desde donde se divisa un paisaje nocturno. Lo primero que llama la atención de Ane es la silueta de unos cipreses que se eleva hacia el cielo como una llamarada vegetal. Al fondo ve la silueta de un pueblo con la larga aguja de la torre de la iglesia presidiendo el conjunto. La línea del horizonte está baja, dándole protagonismo al cielo y a la luz que irradian las estrellas y una extraña  luna en cuarto menguante.
— ¿Dónde estamos?
— En mis sueños. Lo que ves es mi interior, mi mirada, expresada en luz y color. Cada pincelada es un pensamiento, una emoción, que rompe la barrera que nos separa y llega hasta ti.  Sueña las pinturas, Ane,  y luego pinta. Busca dentro de ti lo que crees que está fuera.

Ane siente unos toquecitos en su hombro.
—Perdón, señorita, es hora de cerrar el museo.
Mira por última vez el cuadro. «Esta escena es tu carta de despedida. No sé cuál de los tres senderos elegiste. Quizás el del centro que se pierde entre el trigo y se adentra en la pintura. Solo espero que al final encontraras la luz que tanto buscabas, aunque fuera a través de la muerte…»





martes, 19 de noviembre de 2013

ROSA

















Rosa era un ser especial. Jamás, desde que el destino me puso en su camino, escuché de su boca una mala palabra, ni la vi un mal gesto. Ni siquiera cuando los transeúntes daban una patada a su platillo o la miraban con desprecio. «No te enfades con ellos, compañero», me decía mientras me acariciaba el pelo, «no saben que lo esencial es invisible a los ojos». Y continuaba su camino sonriendo, empujando su carrito en el que llevaba todas sus pertenencias.

Hoy, mientras me trasladaban a la perrera, vi como la ambulancia se llevaba su cuerpo. Rosa abandonó esté mundo de la misma manera que vivió, en silencio, con los ojos cerrados y el corazón abierto.

domingo, 13 de octubre de 2013

ZORTZIKO *


















«Buscando hacer fortuna, como emigrante, se fue a otras tierras... y, entre las mozas, una quedó llorando por su querer…». 

Suena una canción en la radio. Sin poder evitar que asomen las lágrimas, me siento al lado del  transistor para escucharla. Ainara, mi nieta, deja un momento sus muñecas y se acerca a mí.
-—Aitite, ¿vas a llorar? - dice al ver mis ojos.
—No es nada, hija, es esta canción, que siempre me pone triste…
—¿Es de tu tierra? ¿La echas de menos?
— No, cielo, es que… ven, siéntate aquí,  voy a contarte una historia.

Ainara, cuando llegamos a Buenos Aires, escapando de la guerra, yo apenas tenía un año más que tú. Mis padres, a pesar de la tristeza que albergaban en sus corazones, consiguieron que mi mundo infantil no se desmoronara del todo. Y convirtieron nuestra huida en un viaje atrayente y exótico. Todavía recuerdo las sensaciones de los primeros días… Te resultará ridículo, pero durante días no dejé de pestañear. Como si de esa manera,  lograra capturar cada una de las imágenes que se desplegaban ante mí. 
Fueron días en los que, para mí, el mero hecho de salir a la calle ya era una aventura. Sobre todo, cuando me escapaba al barrio de La Boca. Me gustaba pasear por sus calles con casas de distintos colores, anacrónicas, pero a la vez enigmáticas como un puzle que tuviera que completar. No entendía el habla de los emigrantes italianos que vivían allí, pero las sensaciones de sus rostros no me eran ajenas. Sorpresa, soledad, nostalgia... Y, en el fondo de cada mirada, una luz de esperanza. Entre esa alegría y algarabía que  se veía y escuchaba en sus bares, llena de canciones y sonidos porteños, me sentía como en casa.
Un día, mientras estaba sentado junto al Río de La Plata, me llegó el sonido de una canción que conocía. «Ya llego al caserío. Voy a volverla a ver. No sale a recibirme, ¿qué es lo que pudo ser?»La voz salía de un pequeño bar en el  puerto. Abrí la puerta y, con miedo a ser visto por el dueño del local, entré sigilosamente y me escondí tras una columna que quedaba en penumbra. Desde mi escondite vi la figura de un hombre sentado en una mesa frente a una botella de anís. Su voz, grave y desgarrada, rompía la quietud reinante.  Parecía que las palabras se elevaban hacia el techo envueltas en la neblina azulada del humo de  su cigarro. «Maitetxu mía, muero al vivir sin ti»Con la última nota su cuerpo se derrumbó sobre la mesa. Durante unos minutos, que a mí me parecieron eternos, no movió ni un solo músculo. Pensé que quizás le  había pasado algo  y me acerqué a él. De repente, levantó la cabeza y clavó sus ojos en mí.
—¿Qué es lo que miras? –me dijo en un tono bronco y áspero.
—Yo… Entré al escucharle cantar… y luego… pensé que quizás le ocurría algo… –le contesté asustado.
—Tu acento… Eres vasco, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?
—Mikel
Y continuó haciéndome preguntas. Quiénes eran mis padres, dónde vivíamos… Con cada pregunta su tono iba dulcificándose. Incluso conseguí arrancarle una sonrisa con alguna de las anécdotas que le conté. El tiempo pasó rápido en su compañía. Me despedí,  no sin antes conseguir que me permitiera visitarle al día siguiente. Sentía curiosidad por conocer su historia. Luego, alargó la mano, y mientras me daba un fuerte apretón, a modo de confirmación, me dijo su nombre, Antton Goñi.

Así fue como supe que Antton animado por las noticias de otros paisanos que habían emigrado a América, decidió ir tras sus huellas y probar fortuna. El viaje fue terrible, según me contó. Sin apenas comida ni agua, pero nada pudo con su ánimo porque era consciente de que, tras esa angustiosa travesía, llegaría a la maravillosa Argentina… a su tierra prometida. Allí  comenzó a trabajar como pastor y, cuando tuvo algo de dinero ahorrado, compró sus primeras cabezas de ganado. Antton se forjó una buena reputación gracias a los productos derivados de sus ovejas. Su vida era un ejemplo de esfuerzo y superación, una existencia acomodada y aparentemente feliz.  Sin embrago, yo no podía olvidar la imagen, triste y derrotada, que contemplé cuando le conocí.
—Antton, el día que te vi por primera vez… —me atreví a decirle un día.
—Mikel, -me dijo Antton sin dejar que terminara la frase- a veces, cuando crees que la vida es suave y cálida, aparece la mala suerte, y te atrapa en una jaula de la que ya no puedes salir. ¿Recuerdas la letra de la canción que cantaba?... Yo era ese joven… Aquel que regresó a España solo para contemplar como sus sueños se desvanecían ante la tumba de su amada
—¿La compusiste tú?
—No. Para mi desgracia, estando ebrio, le conté lo ocurrido a un hombre que se sentó a mi lado en un bar de Fuenterrabía. Dijo llamarse Francisco Alonso y me pidió permiso para componer una canción. Yo, en el estado en el que me encontraba, no era consciente de lo que realmente le contaba.  Le dije que hiciera lo que quisiera  y me dejara en paz.

Pero Antton no volvió a encontrar la paz, Ainara. El espíritu de Maite le acompañó durante toda su vida. Y su voz, llamándole, suplicándole que regresara, se volvió, a medida que escuchaba la canción, cada vez más nítida en su cabeza. Hasta que su pobre corazón no pudo soportarlo más.


— No estés triste, aitite...  Antón y Maite por fin están juntos en esa canción.





El zortziko es y ha sido considerado, generalmente, como uno de los rasgos más emblemáticos —si no el mayor— de la música vasca. Desde las obras de Iparraguirre hasta el Maitetxu mía, pocos son los músicos del país que no haya utilizado alguna vez sus cinco mágicas corcheas.

sábado, 14 de septiembre de 2013

CABINETA



















Cabineta recuerda los viejos tiempos en que todos solicitaban sus servicios... Incluso hacían cola para acariciarla y hablar en la intimidad. Sonríe al recordar a aquel director de cine y televisión que la lanzó al estrellato convertida en un personaje kafkiano. Qué caras de terror en aquellos a los que, durante unos segundos, en un divertimento sin malicia, dejó encerrados tras sus puertas de librillo.
Una lágrima rueda por su cristal ya opaco y ceniciento.  Los que antes la buscaban pasan a su lado con sus móviles de última generación, hablando sin notar su presencia. Ya no hay palabras para ella,  ni siquiera una mirada de soslayo.
Sola, abandonada, maltratada... espera el día en que un funcionario arranque del todo sus raíces... y muera.