
Una
noche, mientras Manuel trabajaba en su estudio, se presentó el Diablo
ofreciéndole evitar su condenación eterna a cambio de que compusiera un himno
para el Infierno. Falla aceptó y creó La Danza del Fuego, que luego
incluiría en su Amor Brujo.
Manuel de Falla nunca volvió a ser el mismo tras ese encuentro. Los últimos veinte años de trabajo los dedicó a lo que él consideraba debía ser la obra de su vida. Cada nota compuesta era un peldaño en su escalera de Jacob, cada acorde, un paso en su purgatorio personal. La Atlántida, su paraíso perdido y clave de su expiación, quedó inconclusa.