martes, 14 de agosto de 2018

El guardián del tiempo


 Luis escucha el sonido del despertador en la habitación de sus padres.
—Cariño… Son las ocho, es hora de levantarse —le dice su madre mientras sube la persiana.
Luis protesta y se tapa la cabeza con la sábana. No entiende que las agujas de un reloj tengan que decidir cuándo despertarse, comer o jugar. Con lo fácil que era todo cuando era  pequeño.
— ¡Luisssssssssssssss… ven a desayunar que vas a llegar tarde al cole!
—Voy mamá...
«Hacerse mayor es un rollo. Si pudiera parar el tiempo…», piensa, saliendo de la cama con desgana.

Camino del colegio, al doblar una esquina, ve a un niño que transporta un gran reloj en su espalda. Tiene más o menos su misma edad y va vestido con ropas desgastadas y humildes. Con la mirada fija en el suelo, camina con dificultad, arrastrando los pies, a causa del enorme peso que soporta. 
Luis siente pena por él. Nadie le mira, nadie le ayuda. La gente pasa a su lado sin prestarle atención, como si fuera invisible. Cuando llega a su altura, el niño levanta la cabeza y le sonríe.
L
—Hola, me llamo Luis. ¿Quieres que te ayude? Es un reloj muy grande para que lo lleves tú solo.
—Gracias —dice el niño dando más extensión a la cadena con la que sujeta el reloj—. Es verdad que pesa mucho y me vendrá bien descansar un poco.
Luis coge de la parte de abajo de la esfera, y entre los dos, con mucho cuidado, lo apoyan en una pared. El niño se sienta en el suelo mientras Luis se queda de pies y observa con interés el reloj. Visto de cerca es mucho más grande de lo que parecía. Casi le llega a la cintura.
—Me recuerda al que lleva el Conejo Blanco de Alicia. ¿Conoces el cuento? Siempre corriendo de un lado para otro, con prisas y consultando el reloj. Claro que mucho más pequeño. ¿A dónde lo llevas? ¿Por qué…?
A Luis se le amontonan las preguntas. El niño le hace un gesto con la mano y le invita a sentarse a su lado.
—Luis, ¿crees en las hadas o en los duendes?
—Mi abuelita me cuenta muchas historias de duendes, de elfos… pero sobre todo de hadas, que son las que más le gustan.  Ella siempre me ha dicho que viven entre el musgo y las hojas, y que se esconden en las caprichosas formas de los troncos porque son muy tímidas. Una de ellas, el Hada de los dientes, incluso me dejó un regalo bajo la almohada. Sin embargo ahora… Algunos niños de mi clase dicen que son una invención de los adultos —confiesa Luis dubitativo—.  Y se ríen si hablas sobre ellas.
—Luis, no dejes de creer en algo porque otras personas lo digan o porque se rían de ti. Esos niños se sienten fuertes y valientes, pero, en la mayoría de los casos, tras esas burlas, solo esconden sus propios miedos y envidias. Además, tengo que contarte un secreto —añade el niño mientras le guiña un ojo—. Yo soy uno de esos seres mágicos: el Guardián del Tiempo.
—¿Pero tú no eres un niño como yo? —Pregunta Luis extrañado.
—No, Luis. A pesar de mi aspecto infantil, tengo muchos, muchos años, casi tantos como la Tierra.
—Nadie me ha hablado de ti.
—Porque nadie me conoce. Casi siempre estoy en la Casa del Tiempo, donde se almacenan millones de relojes similares a este, uno por cada bebé que llega al mundo. Mi tarea es mantenerlos limpios, cuidar de que no se oxiden y engrasar la maquinaria que mueven las manecillas.
— ¡Millones! —exclama Luis alucinado—. Cuánto trabajo debes tener… ¿Y para qué sirven?  
—Imagino que sabrás que los relojes miden las distintas partes del día en segundos, en minutos o en horas. Pues estos funcionan igual, salvo que lo que marcan es la vida de las personas. Cada reloj, clasificado con el nombre y apellido de su dueño, se pone en marcha con el primer latido del  corazón y es su pulso quien le imprime ritmo. Bum-bum, tic-tac, bum-bum, tic-tac… Fíjate en las letras que hay bajo el cristal de la esfera. ¿Qué lees?
Luis se acerca al reloj para poder examinarlo mejor.
—¡Mi nombre! —señala Luis sorprendido mientras echa una mirada de reojo al Guardián, que asiente con la cabeza en silencio—. ¿Por qué sus agujas no se mueven? ¿Está estropeado?
—Hay que tener mucho cuidado con lo que se desea —advierte el Guardián con voz seria—. Todas las acciones, decisiones, incluso los pensamientos, tienen consecuencias. Y con tu deseo de no querer crecer, de pretender detener el tiempo, has hecho enfadar a la Naturaleza que es quien, con su ciclo de la vida, establece las normas.
— Yo no… —interviene Luis confuso.
—Desde el origen de los tiempos, —continúa el Guardián, sin hacer caso a la interrupción de Luis— la humanidad ha sobrevivido gracias a la generosidad de la Naturaleza. Ella, como una buena madre,  ofrece alimento, recursos naturales y amparo. Sin embargo, el Ser Humano actúa de forma desconsiderada con ella y la agrede sin cesar. Ante esto, para demostrar su malestar, a veces se muestra inflexible y responde con temblores o inundaciones. Otras, esperanzada, envía sutiles advertencias: una crisálida que se transforma en mariposa o una flor que crece solitaria en medio del asfalto.
—¿Cómo puede  una mariposa o una insignificante flor ser  un mensaje? —cuestiona Luis, incrédulo.
—No hay que fiarse de las apariencias —le amonesta el Guardián—.  Lo que parece más frágil, o insignificante como tú dices, puede ofrecer las mejores lecciones. ¿Te imaginas la fuerza que hay que tener para atravesar el asfalto de una carretera o el hormigón de una casa? Es un ejemplo de fortaleza, de perseverancia. Y un aviso de que la vida, pese a la mano del Hombre que intenta destruirlo todo, siempre se abre camino. La vida es para ella el bien más preciado y por eso ha decidido quitársela a quien no la valore como es debido.
—Pero yo no pretendía molestar a nadie.
—Lo que voy a decirte es duro  y un asunto muy difícil también para mí, pero la decisión está tomada. Tienes que acompañarme y devolverme todo tu tiempo.
Las manecillas del reloj comienzan a girar en sentido contrario, de izquierda a derecha.
—¿Y qué será de mis padres, de mi familia, de mis amigos? No puedo marcharme —protesta Luis alarmado.
—¿Ves cómo giran ahora las agujas? Cada minuto es un sueño que desaparece, cada hora, un recuerdo que se desvanece. Y con el último segundo nadie te recordará. Quizás alguien mantenga algún rastro de tu presencia, pero será muy leve. Tanto que, al recordarlo, se preguntará si es real o una ensoñación.
Luis siente un escalofrío y fija su mirada en el reloj.
Tic-tac
Tic-tac
Tic…
Comprueba, asustado, que las manillas giran con rapidez, hasta detenerse en las doce en punto.
Tac
De repente, el suelo comienza a temblar y se abre una brecha en la acera. Retrocede con cautela mientras busca la ayuda del Guardián, que ha desaparecido. Su corazón late a cien por hora. Intenta agarrarse a una farola, pero los pies no le sostienen.
Suena el despertador. Son las ocho de la mañana. La madre de Luis abre la puerta de la habitación y este se lanza a sus brazos, contento, al comprobar que todo ha sido una pesadilla.
Comienza un nuevo día. Uno de los muchos que a Luis le quedan por disfrutar, con el corazón abierto a la vida.